lunes, junio 22, 2009

Penny for your thoughts

Tiene el gusto que, a veces, tienen las cosas que nunca se tienen del todo. Un bien cuyo origen se remonta a un tiempo del que jamás podrá uno adueñarse.
La trompa contra la almohada, los ojos entrecerrados. Por un momento, la cara de dormido lo vuelve un borreguito. Uno que nace y nacerá conmigo cada vez que nos despertemos juntos.
Ese hombrecito del abrazo que muele todas y cada una de mis barreras. Hasta las ganas de pegarle cuando calla todo eso que pido.

Quién entendiera al hombre que se esconde detrás de aquel que todo lo yerra. A penny for your thoughts, my dear *. Buenas tardes.

*Lavender, Marillion.

viernes, junio 12, 2009

Cosas que me exasperan (the sequel)

Que mi novio sea Pro.
Que mi madre sea Pro.
Que Will Smith haga películas.
Que mi padre mastique con la boca abierta dejándome adivinar el grado de solidez de la materia que deglute.
Que los tilingos hagan uso del verbo.
Que las que quieren llegar castas al matrimonio no hagan uso de la carne.
Que De Narvaez no tenga labios.

Que Russell Crowe haga películas.
Que me digan que soy desordenada cuando el desorden no es más que el producto de años de batallas contra el T.O.C. que supo vivir adentro mío (y suele), no dejándome dormir tranquila sin haber doblado hasta la última media que me había sacado antes de acostarme.
Que mi tía me haga ver las gracias de su perra.
Que mi tía me haga ver las gracias de su sobrina nieta.
Que aplaudan a un pendejo insolente cuando putea.
Que Morgan Freeman no se jubile.
Que los jeans se aclaren con los lavados.
Que mi novio ponga 3/4 de pote de queso blanco en cada tostada.
Que mi novio ponga 3/4 de frasco de mermelada en cada tostada.
Que Tom Hanks siga trabajando con Ron Howard.
Que la gente me quiera hacer ver quinientas ochenta mil veces a Susan Boyle.
Que Messi no pueda meter un gol ni con el naso cuando juega en la selección.
Que lo que antes era ser descortés o maleducado se englobe bajo el ahora polisémico término "grasa" o "grasada".
Que Fito siga poniéndole voz (¿?) a sus temas.
Que mi hermano use las últimas dos rodajas de pan lactal que forman parte de mi desayuno para comerse una milanesa en sandwich.
Que alguien caiga mal por como se viste más que por como piensa.
Que mi abuela lleve más de veinte años contándome, una y cada una de las veces que la veo, sobre el día en que le dije que tirara a mi hermano en la cuna y me alzara a mí.
Que quienes deberían depilar sus cejas no lo hagan (del look Natalia Vodianova al Jorge Asís hay un sólo paso).
Que mi papá deje las tapitas del Actimel que se toma cada mañana en la mesada de la cocina estando el tacho de basura a menos de un metro de distancia.
Que, en el bondi, cuando se libera el asiento de la ventanilla, la comodidez de quien estaba en el asiento contiguo lo lleve a no trasladarse al lugar vacío.
Que sólo yo vea el sex appeal de Del Potro.
Que mi novio insista en que el hígado encebollado es una delicia.
Que me falte el chocolate.




Ver también Cosas que me exasperan (el inicio). Buenas trasnoches.

lunes, mayo 18, 2009

LOBO

“Tanto arte me vomitó encima”, dijo el lobo. Mas el lobo calló. Calló las veces que el arte lo devoró. Pues, verán, no está bien visto que al lobo lo devoren. Él come, él peca, él hinca dientes hambrientos en cuerpos inertes. Pero al lobo no lo devoran.
En todo caso, otro lobo le vomita encima. Le vomita césped triturado, deglutido con restos humanos. Y entonces el lobo se pregunta, “¿a quién pertenecieron los restos?”.
“¿Habrán pertenecido, tal vez, a la joven de muslos perlados que observé desde la niñez, con el sólo objeto de echarle un bocado? Si es así, hermano lobo, te reto a duelo. Has devorado el único objeto de mis noches de plenilunio, el aullido de las doce en cada pernoctada. Yo la amé y la quise mía. La quise mía entre los dientes, entre las garras. Seguí su desfile por los bosques, sus piernas de gacela. Admiré la belleza de su tez lozana entre madreselvas. La vi reposar bajo los árboles en tormentas de verano. Su piel, su blanca piel, tan igualita a mi luna.
Aullé, hermano lobo. Aullé y canté por ella. Lloré por mi condición de fiera, mi tan inútil capacidad de amarla sin romperla. Sin corromperla. Su voz tan dulce apabullando mi aguda desolación. Poseerla. Poseerla y quitarle la vida, sin más. Mi pasión desgarrándola, hasta desaparecerla.
Hermano lobo, fui cobarde y valiente. Su desaparición me auguraba un grato consuelo, ya no la vería. Sutil cobardía. Pero elegí el coraje de saberla libre, viva, nunca mía. Hoy, de un zarpazo has desvirgado el sueño. Rasgaste sus faldas rojas, bebiste su sangre roja. Probaste el inmenso sabor de su carne. Dime, hermano lobo, ¿has hecho una reverencia? Sagrada fue en mis venas, ¿acaso brindaste por ella? Vamos, he de matarte poco a poco. Comiéndote, lamiéndote y, quizás esta noche, la devuelva entera”.
Así, el lobo venga el arrebato. Venga también la suerte de quienes se le adelantaron. En un acto de inspirada creación se retuerce de dolor. Ha comido hasta saciarse. La arcada final; y de su boca brota, sin cauce ni caudal, el amor como un río.

domingo, mayo 17, 2009

Mar - Río

A Santa Lucía del Este,
donde el mar es un río...

1.
Un mar
tan rioplatense
un río
que quiere ser mar

nunca mío
sólo un mar
sin color
más que tierra
más que río

un azul verdoso
de mar
que quiere
dejar de ser río


2.
rompientes
escolleras
mutilan al río
que quiso ser mar

se pierde en el paso

la frescura
las dulces aguas
el libre correr

de ese mar
que quiso

verse frío
inmenso, mas no
permite
que lo nade

y ruge que
aunque me desnude
jamás volverá a ser río.

martes, abril 07, 2009

Merluza

1. f. Pez teleósteo marino, anacanto, de cuerpo simétrico, con la primera aleta dorsal corta y la segunda larga, tanto como la anal. Alcanza hasta un metro de longitud y es muy apreciado por su carne. Abunda en las costas de España.
2. f. coloq. Embriaguez, borrachera.


Existe, a veces, una pequeña espina. Un día comemos merluza a la romana y, en un bocado mal masticado, una espina se escapa del filtro de nuestros dientes para instalarse en el delicado conducto de nuestra faringe. Bien sabemos que nadie se muere por una espinita atravesada en la garganta. En las debidas proporciones, el agua que beberemos para deshacernos de la molestia, la arrastrará a lo largo de los órganos que componen el sistema digestivo hasta expulsarla por completo de nuestro organismo. A veces, el destino de la pobre estará allí cuando se tope con el poder de los solventes jugos gástricos. Otras, su cadáver permanecerá oculto al interior de alguna hez, condenado al amargo sabor del anonimato.
Luego del mal trago, todavía algo sensibles y asustados, masticaremos minuciosamente -a modo de prevención- uno y cada uno de los bocados que ingresen a nuestra cavidad bucal. Bastará dejar pasar los días para que la sensación de la punción desaparezca en su totalidad. Creyéndonos absolutamente curados, perderemos nuevamente el miedo a las espinas. La pérdida del miedo se verá acompañada por una política de laissez-faire en materia de masticación, y una reincorporación de la merluza a nuestra dieta cotidiana.
La vida marchará sobre rieles hasta que, un día, en el curso de una cena ordinaria, volveremos a sentir el agudísimo filo de una espina contra la pared anterior de nuestra faringe. Abogaremos, desde ese entonces, por la inutilidad de toda prevención.
Existirá, siempre, esa pequeña espina. Buenas tardes.


martes, marzo 17, 2009

La consigna

"Funciono bajo consigna".


La directriz. Esa línea. Ese orden. Admirar a quienes logran volverse tutores de sí mismos. Ser de los que necesitan GPS. O el cachetazo de Glenn Ford.
Atada a la eterna indecisión; la dubitación permanente y sistemática. Histérica.
No nací para entrepreneur. No. Nací para relación de dependencia.

Buenas noches.

lunes, febrero 09, 2009

Noviembre primero

Donde esté, donde me tenga.

En la cama, como solíamos. Era tarde. Tarde para estar en la cama, todavía. Y había sido ayer, que Michael Stipe hablaba de cómo todos nos lastimamos. A veces. Sobre los hombros de quien me infligiera una de las penas más profundas de mi exigua existencia, veía el conjunto de luces bailando bajo mis narices. Allí estaba, por encima de todos los feligreses. Ofrecida. Como en una misa del Harlem, el pelado era una suerte de líder gospelliano destinado a exorcizar el fantasma del dolor. Extirparlo para siempre de mi cuerpo, recordándome que este no era condición de unicidad; y yo, tan sólo una más de todos aquellos que duelen, a veces.

Con el correr de los días, la angustia se volvió esporádica. Subrepticia, me acosaba en momentos puntuales. Llegué a creer que el hechizo de Mike no había surtido efecto. Tardé un largo tiempo en comprender que todo duele, cuando no estás.

Buenas trasnoches.

miércoles, diciembre 17, 2008

The girl in-between

Luisa (Maribel Verdú) selecciona una canción en la rockola. El one-hit-wonder Marco Antonio Solís suena en el barsucho de mala muerte, convirtiéndolo, nota a nota, en un paraíso orgiástico. Arqueando sus caderas de lado a lado al compás de la música, la mujer-serpiente, fruta-prohibida, invita a Julio (Gael García Bernal) y Tenoch (Diego Luna) a bailar a su lado. Los jóvenes de hormonas recalcitrantes se prenden al cuerpo danzante de Luisa como pan de sandwich, uno a cada lado. En la escena siguiente, los tres se encuentran en la habitación en la que se hospedan. Tenoch comienza a besar a Luisa, mientras Julio los observa, sentado en la cama. Sin separar sus bocas, los primeros se acercan a la cama, y Julio se une al juego. Nuevamente, Luisa se interpone entre ambos. La rodean. Respiran en su nuca. La besan. Sin detener el juego, la mujer disputada a lo largo del film, se sale de la coreogorafía tríptica (sale hacia abajo de cuadro, agachándose, bajando, para masturbar a ambos al mismo tiempo) dejando a Julio y Tenoch frente a frente. Los amigos se miran, y comienzan a besarse. El resto es historia. La película es olvidable, pero aquel final homoerótico sirve de puerta a una idea que me aqueja hace un tiempo (sí, porque el no poder plasmar una idea es lo más parecido a una contracción pre-parto).
Amigos carne y uña, culo y calzón, almas gemelas, y la mujer del medio. Almas gemelas, tan igualitas que no pueden sino desear a la misma mujer. Mujer que se parece más bien a ese desecho de células que se interponen entre la uña y la carne, a la pelusa entre el culo y el calzón. Mujer que está en el medio, porque siempre ha de haber algo en el medio de lo que no puede -o no debe- estar junto.
Los esquemas de esta relación tríptica suelen diferir en cada caso particular. Muchas veces se presenta como la ocasión de concretar aquello que el amigo no pudo, de transitar el mismo camino, de estar donde estuvo. Cierto mimetismo, cierto volverse uno en un contacto indirecto o en la concreción de la obra incompleta del otro. Porque aquella mujer no sería objeto de deseo si antes no hubiera sido objeto del otro. Y es el mismo acto de ser deseada por el par, aquello que la vuelve deseable. Pasa, entonces, el goce, por el roce con el cuerpo que fuera ya rozado y resignificado así por el otro.
La barrera. Moral, social. La mujer compartida, disputada, representa la extensión de un cuerpo que no puede -no debe- ser tocado. La verdadera fruta prohibida, el verdadero cuerpo prohibido, no es el de la mujer-del-amigo, sino el del amigo mismo. Si, en cualquiera de estos casos, sacáramos del medio a la Luisa en cuestión, Tenoch y Julio terminarían cogiendo. Y, el resto, es historia.

Buenas tardes.

martes, diciembre 02, 2008

Funny Face*

L. dice que necesita recuperar su cinismo y, entonces, me visita. Nos sentamos en el living. Revuelve dentro de su cartera y saca dos o tres películas que acaba de adquirir gracias al copiado pirata en serie (que ahora ha sido terciarizado, e incluye entrega a domicilio). Hay cuatro opciones. Al ser interpelada, las reduzco a dos. Hannah y sus hermanas, o La Cenicienta en París. Sé que prefiero la de Allen, pero aún así dejo que L. me cuente de qué trata la otra. "Es con Audrey, bla....". Ilusa, me la confundo con esa película de Audrey Hepburn en la que trabaja Gregory Peck, donde ella es una princesa europea que quiere conocer el mundo tal cual es, y el es un periodista norteamericano que se encarga de mostrarselo a la -siempre sobrevaluada- manera americana. Si hubiera hecho un pequeñísimo esfuerzo mental, tal vez me habría ahorrado el mal trago, recordando a tiempo que aquella película transcurría en Roma y no en París. Mas no.
Comienza la película y noto que el technicolor escandaloso que ostenta no es el adorable blanquinegro de Roman Holiday. "Evidentemente, es otra película", me digo. Lo cual confirmo frente a la ausencia del señor Peck en los títulos iniciales. Todavía no me había asustado del todo, hasta el momento en que, a los cinco minutos de haber empezado la película, hay un número musical. Detesto los musicales. Tolero algunos (Laberinto, por encima de cualquiera). L. festeja, ama los musicales. Escena siguiente, aparece en cuadro un ya cincuentón Fred Astaire. Eso me basta para dictaminar que la película será muy mala, y decido acurrucarme en el sillón para dormitar un rato. Antes de que empiece a conciliar el sueño, aparece Audrey. Y canta. Muy mal, canta. "No entiendo por qué no la doblaron, como hiceron en Mi Bella Dama", objeto, entrecerrando los ojos. Es sabido que Audrey era divina pero cantaba para el culo. En fin. Sin ganas de luchar contra la gravedad de mis párpados para apreciar ese bodrio, me duermo. Para ese entonces, L. también había notado que la película era decadente, y decide pararla para hacerse un café. Me despierto, y ella me avisa que va a pausarla un rato. Acuso un sueño terrible, para disculparme por la breve siesta. "No te preocupes, amiga, no te perdiste nada. No la paremos, mejor. Nos vamos a la cocina a tomar un café, y la dejamos correr...". La culpa de dejar una película por la mitad. Cuando volvemos, Fred está bailando con una manta roja en las manos. "No entiendo, porque baila como torero si está en París...", señalo. Hubo una época donde Encarta no llegaba a los estudios hollywoodenses. Finalmente, después de soportar los cuarenta minutos restantes, los vemos a Audrey -librera devenida en modelo- y a Fred -fotógrafo-de-modas ultramujeriego devenido en hombre-enamorado-de-una-intelectual- partiendo en una pequeña balsa, por un arroyo que bordea los jardines de un castillo medieval. La postal es edulcorada como el resto de la película, y con L. nos alegramos de que la tortura haya llegado a su fin.
A veces pienso, que si Fred Astaire no hubiera existido, nos habríamos librado de toda esa cadena de números de baile que hoy termina en las ensalzadas coreografías de Justin Timberlake. Y que, si Audrey tampoco hubiera existido (aunque la quiero un poco más que a Fred), Holly Golightly seguiría siendo tan genial y promiscua como lo fue en mi cabeza. Buenas tardes.

*Título original de La Cenicienta en París, Stanley Donen, 1957.

viernes, noviembre 21, 2008

Though I never laid a hand on you

My eyes adored you. Frankie Valli.
O tal vez te puse varias. O es que ya ni me acuerdo.
Romper todo, siempre. Echándole las garras encima.
Resistirse a creer que las propias manos todo lo deshacen. Que no vuelven oro todo lo que tocan. Y que, probablemente, nada llegue entero a nuestros brazos.
De qué vale recomponer lo que se descompone. Por qué no, terminar de desaparecerlo.
Y si no es enteramente nuestro, ya nunca más será de otro.
Buenos días.

lunes, noviembre 03, 2008

Adorable viejo post

Día de té con Lau. No pude evitar recordar una de esas historias que nos rodean cada vez que estamos juntas. He aquí un viejo post de septiembre de 2007, sobre aquella anécdota.


Profundidad de pelopincho

Calor. Calor y humedad. Tropicalísima. Parrot jungle, rainforest. El domingo a la tarde invita a reclusión a todos aquellos que alguna vez fueron heridos de muerte al corazón. De no ser así, si resultara que por uno de esos locos atropellos del destino, el/la valiente en cuestión, osase atravesar el umbral del tibio (caldeado) refugio hogareño, el magnetismo de lo que -de aquí en adelante- denominaré "fuerzas del plan contranatura" malversaría aquel poquitísimo de fe que depositó en el intento de diversificar la recreación dominical. Fines pedagógicos ameritan el aporte enriquecedor de un ejemplo. Con el propósito de colorear con una cuota de actualidad el planteo, procederé a exponer una escena de la que fui testigo, involuntaria, pero atenta al fin. Veamos.
Café sito en Agüero y Las Heras. Mesas al exterior. El sol está rosado, por qué no sentarse al sol. Ella -bien parecida, largos cabellos de oscuro ébano, piel entre Blancanieves y Lindsay Lohann- después de observar el panorama, opta por una mesa para cuatro en la que sólo hay dos sillas. Toma asiento y saca un libro de su bolso de mano. Está contenta, deja traslucir esa placidez de la lectura al aire libre, al rayo de un suave sol de septiembre. No hay viento que despeine esas hojas, ni zumbidos molestos que hagan de la concentración una utopía. Lisa y llanamente, un domingo feliz, un feliz domingo. La soledad es un estado interior, pocas veces perceptible para el entorno, que se entrega a las almas sensibles en tardes de domingo. Pero siempre existe un vándalo dispuesto a irrumpir en esa isla desierta, dejando en evidencia al adorable ser, exhibiendo la soledad al mundo en su acepción más ordinaria, más indigna. Y los vándalos son vándalos como sea, aun así se trate de un aparentemente inofensivo octogenario de blancas sienes, preguntándole a la bella señorita si va a precisar esa -la única- silla que tiene enfrente, bloqueando de ese modo todo posible giro copernicano de la trama en el cual un apuesto jóven que se encontrara paseando sin rumbos por esos vados decidiera espontáneamente hacerle compañía a la dama en su ritual. No. El maléfico señor de la camisa a cuadros y los cabellos blancos, no cree que eso esté dentro del reino de lo posible, y ante la aprobación de la señorita, toma la silla de un saque como para demostrarle que él y los suyos son tantos que ni las sillas les alcanzan. Inhumanos. Apenas retirado el señor, la camarera se acerca a la mesa y entrega a la dama su pedido. Un nesquick en vaso alto (!?). "Hay que tener ganas de tomarse el nesquick".Hágame caso. Sólo por hoy. Quédese en casa. Buenas noches.

viernes, octubre 31, 2008

YO, OFELIA

Mi príncipe. Mi dulce, dulce príncipe. Has dado una espalda, yo te daré dos.
Las aguas, el manantial de un tiempo que nos desborda. Quiero bañarme en los despojos de tu reino. ¿Será posible ahogarme en la tierra de tus venganzas?
Me cubre el odio cristalino, en una odisea de espejos. Y, de repente, soy mil veces tu cólera, tu desprecio multiplicado. Aborrezco a tu madre, amo a tu padre. Muero, muero de sed.
Las manos hermanas hunden mi cabeza, dejo de ser hija por las tuyas.
Me rodea, tan azul, el veneno de la sangre. De esta agua no he de beber. No correrá por mí el sabor de tus recelos, el incesto de tu carne.
Desciendo a los infiernos de una locura condenable. El tesoro perdido ya no yace en el fondo. Allá no volveré a ser hija, allá jamás seré madre. Seré Ofelia. La que estalla entre la calma del duelo, irascible; la que te recuerda que existe un río de causas que no vuelven, un amor olvidable hasta la muerte.
Por fin, haré de nuestras almas esas almas que se acusan, se niegan, se despliegan para darse un nombre. Tendrás un rostro como el mío, ajado por la humedad del deseo. Perdida, me darás por eterna, irrenunciable.
Abriré las puertas de un paraíso insano, insoportable, donde pueda tocarme tu mano, que ahora es mía, que ahora es tuya, que ahora es aire. Donde pueda perder el velo de la cordura, desnudar la memoria.
Mientras, caigo por la herida que te dará la vida más allá de la vida. Hombre, hombre al fin, te alcanzaré en el sueño. Has visto un fantasma, ahora verás dos.
(Noviembre, 2006)

martes, octubre 28, 2008

Y a sus plantas rendido un león...

A M., mi mentor en el arte de urgar en las zonas oscuras.
Agazapada entre los pastizales, a la espera de la señal para atacar su cuello. "Porque sos un leoncito", me dice. Haciendo caso omiso a la señal, me río, esquivo la mirada. "Porque soy un leoncito...", repito, mirando a través de la ventanilla, mientras atravesamos el túnel de Cabildo. Bajo el suelo que nos vuelve urbanos y civilizados, se encuentra el terreno de ese origen animal que alimenta las pasiones, los instintos.
Me pregunto, entonces, qué clase de leoncito deja ir a su presa, cuando lo que está en juego es la provisión de alimento a su ego endeble y desnutrido.
Error, pequeña bestia ególatra. Dejar morir de hambre al animal es condenarlo a su extinción, bloquear las posibilidades de su reproducción. Error, leoncito. Dejar morir de hambre al animal es la pena eterna de anhelar, inútilmente, el sabor de la carne.

Buenas tardes.

lunes, octubre 06, 2008

Sinnombre

No quisiera uno escribir lo que no ha sido escrito, por no hacerlo aparecer. No quisiera uno nombrar lo que no ha sido nombrado, por no hacerlo existir. El velo de la inocuidad. No hay fantasma capaz de hacernos daño mientras mantenga su caracter espectral, inasible, latente. Mas no conseguiremos un fantasma sin un cadáver, ni tampoco un cadáver sin nombre. Buenas noches.

domingo, septiembre 28, 2008

"When it comes to being lucky...

...she's cursed". Cat Stevens, First cut is the deepest.

"Qué lindo es que la gente se quiera", dice la mujer que nos encuentra en el umbral de la puerta. Yo lo miro. Y como esos dolores que uno ruega acallar de un soplido, le susurro al oído. "¿Será una señal?". Será la señal que yo quiera que sea.
Hay algo que se rompe en mí, cuando acudir a señales es lo único que queda. Hay una distancia inmensamente grande con el mundo. Algo así como si se suspendiera la vida. Por un instante. Por un instante, ruego desaparecer. Volver a nacer. Que las verdades dichas sean algo que muere bajo tierra. Que el pasado no sea aquel fantasma que nos tiene agarrados de las bolas. Que sobre el suelo, que los dos pisamos, podamos reconstruir la historia.
Lo miro, y estamos lejos. Hay distancias insalvables, pienso. Como hay conexiones momentáneas, efimeras, inaprehensibles, capaces de diluirse en los mares de lejanías que el dolor recrea. No hay amores tan grandes como para salvarlas, sólo meras voluntades. Y a veces, simplemente, una se queda sin ganas.

jueves, septiembre 11, 2008

El hambre II

Detrás de cada víctima, hay una concatenación de hechos fortuitos que la llevaron a convertirse en víctima. Detrás de cada amante, hay una concatenación de hechos fortuitos que lo llevaron a convertirse en amante. Y si fuera posible señalar, en cada uno de ellos, las coordenadas espacio-temporales del momento exacto en que fuera inscripto en el trazo de su recorrido aquel inevitable destino, hallaríamos, tal vez, la forma de modificar su acontecer en el futuro. Anticiparlos, prevenirlos, advertirlos. La incertidumbre del pronóstico, de los daños plausibles de ser evitados, de los tiempos no-vividos que merecen -o no- llegar a término. Así, como el despertarse una mañana esperando que la muela que dolía anoche no sea producto de los dulces que comimos a lo largo de nuestra vida, sabiendo con total certeza que, aún siendo advertidos del dolor acuciante que habríamos de sufrir en el futuro, los hubieramos comido igual. Buenas tardes.

martes, septiembre 02, 2008

Falta y resto

A los viajantes de fin de semana.
Siempre falta algo. De eso se trata la vida. De la no plenitud. La carencia encarna ese resto de vida que nos queda por vivir. Metas a corto plazo, vacíos que buscan ser llenados de manera tal que nunca estén llenos del todo. Nadie quiere morirse tan rápido.
Sin embargo, la experiencia suele nutrirse de pequeñas muertes. Un éxtasis intransferible. La gota que colma el vaso hasta hacerlo rebalsar, para luego dejarlo nuevamente incompleto. Ese momento en que nos encontramos dispuestos a entregarnos al definitivo encuentro de la Totalidad, sin ofrecer resistencia.

Alcanza con un par de horas, para morir mil veces. Buenas noches.

martes, agosto 19, 2008

Fuese

Pintaba saliéndome de los márgenes, pero recortaba sobre la línea punteada con la precisión de un cirujano. Cut here. Aunque, a veces, no sea tiempo de. Lo que duele, más vale sea de sopetón. Como el tirón de la cera, como los agujeritos de las orejas, como la extracción de una muela.
Ahí, donde el cuerpo late, se aloja la memoria. Habitará en mí, el recuerdo de un golpe. Vivirá en mí, el dolor mutilado. Una memoria fraccionada. Un vacío sin origen. Y sin destino. Adiós.
Buenas trasnoches.

jueves, agosto 14, 2008

Monkey makes the world go round

Cuando pequeña, supe tener una mona de peluche. Mas bien, de una textura extraña, distinta del peluche. La mona parecía de trapo. Tenía un vestido rojo, creo. Rostro de plástico, casi un corazón invertido. En el centro, una nariz negra y ovalada cual aceituna. Evocándola en el recuerdo, ya ni sé porqué le decía "la mona". Sus rasgos distaban bastante de los reconocidos en la familia de los primates. Supongo que fueron mis padres quienes me convencieron de su origen simiesco. En fin.
A los dos años de edad, lugar al que iba, allí llevaba a mi mona. La arrastraba por toda reunión familiar desde City Bell a Bahía Blanca. Su sola presencia, colgando de mi mano, me tranquilizaba. A mi entender, eso era lo más parecido al amor. Para mis padres, un olvido tal como dejar la mona en el departamento cuando salíamos, podía significar una sordera irreversible. Una sordera ocasionada por el concierto de alaridos punzantes y desgarrados que comenzaba ni bien percibía el descuido. Gritos de dolor, gritos de soledad. Mas no siempre notaba la falta de mi mona. Si la corte presente en la reunión era lo suficientemente carismática como para entretenerme durante toda la velada, su ausencia pasaba desapercibida. Sin embargo, bastaba con que alguno de los boludos asitentes al encuentro ignorara las miles de muecas preventivas en las que se deshacían mis padres, y me preguntase por "la mona", para que yo también empezase a preguntarme por ella. El resto era historia. Un llanto desconsolado y la promesa de no volver a perdonar el olvido, seguidos de una cara de culo inmutable.
Así de fuerte era aquello que nos unía. Hasta que un día, casi sin darme cuenta, la empecé a guardar en el fondo del baúl de mis juguetes, y nunca más me acompañó a un evento.
Hace un par de días, sufrí la partida -temporaria- de alguien que bien podría ser el equivalente a mi mona en los tiempos que corren. Dos días después, en el medio de una fiesta, no hicieron más que preguntarme por ella, y mi mundo colapsó de repente. Desprendiose mi presencia de todo sentido frente a su ausencia. Pero esta vez, volver presurosa a casa, a su encuentro, no estaba dentro del margen de lo posible. El baúl está lejos, y todavía faltan unos meses para llegar al fondo. Buenas noches.

jueves, julio 31, 2008

Veintitrés



Lo que entra, lo que sale. El stock. El stock que no se vende, las acciones que bajan. No gusto de los balances, no. Es que, a fin de cuentas, es un año más. Uno año más, que pesa por lo que no se hizo antes. Cuánto se tuvo que esperar para, cuánto se tuvo que dejar para, y cuanto quedará después de ese "para...", el año siguiente. De haber llevado la contabilidad con rigurosa precisión, hubiérame declarado en bancarrota hace tiempo. En el fondo, un cierto goce en ser la que pierde, mas no abandona la empresa ni aún vencida.
Y de repente, un día, divisamos la oportunidad. O ni siquiera. La inventamos. Revestida del eterno anhelo de tirar todo por la borda e irse muy lejos -a la mierda, en lo posible-. Escudados detrás de la idea de que aquello "nos va a salvar" de la mísera existencia que nos ha tocado en suerte. Como si pudiera uno empezar de nuevo. Borrón y cuenta nueva. Sabe Dios, que ni la AFIP lo permitiría.
Y de repente, un día, dejamos de creer en esas cosas. Imbuídos por una pulsión nihilista, están quienes eligen definitivamente hacerse mierda, volviéndose polvo. No conformes con ser un montón de partículas alguna vez orgánicas, estamos quienes preferimos aferrarnos a lo mínimo con la esperanza de que, cuando nos toque inexorablemente ser polvo, podamos jactarnos de habernos echado unos cuantos.
Vivir de las pequeñas cosas no es mediocridad, sino "talento para la vida", según mi padre. Y cuando verdaderamente se aprende a disfrutarlas, el liliputiense que llevamos dentro hace que todo aquello parezca magnánimo.
Así se siente, tener veintitrés. Buenas tardes.

lunes, julio 21, 2008

Mme B.

Abandonar los brazos del hombre aburrido, caer en los del tramposo. Víctima de los encantos de un ofidio ponzoñoso, Mme B. cae. Cae y cree librarse, en la caída, del yugo de los deberes sociales que la sujetan a la rutina pueblerina. Una rutina que le queda chica. Un final predeciblemente triste, obvio.

Siglo y medio después, seguir tropezando con la misma piedra con la que tropezó la trágica heroína decimonónica. Frágil, sedientas de amor y un lugar en el mundo, volver la lengua viperina del conquistador en un canto gregoriano. Comprar, comprar, comprar. Olvidando que será el propio cuerpo el que se resienta en cada traspié. Que la marca que se inscriba, dolerá cada vez que se la roce. Que el placer se pierde, en manos del goce. Buenas noches.

domingo, junio 29, 2008

El hambre

El hambre es más, siempre más. Nunca come uno hasta saciarse. Miedo a agotar el deseo. Miedo a que comer nos sepa ya a nada. No come uno cuando se divierte mucho, no come uno cuando recién se enamora. No come uno cuando la vida sabe a demasiado, porque uno sabe tan poco, que teme perder el sabor de las cosas.
Y es así que no como en las fiestas en las que me divierto mucho, y me levanto al día siguiente, arrepintiéndome de no haber comido. Y es así que como mucho en las fiestas en las que no me divierto tanto, y me levanto al día siguiente, arrepintiéndome de haber ido.
Y es así como, a veces, simplemente no como porque la comida sabe mal, y poco sé de su procedencia.

No saber cuál. Cuál primero. Porque nos gustan todas, y para todas hay paladar y tiempo. Con él primer bocado, saber que hubiéramos preferido la otra. Dejar las cosas por la mitad, abalanzarse sobre la siguiente. Sin poder decidirnos, sentenciar que la tercera será la definitiva. No probaremos más. El dilema: volver a saborear lo conocido, o darle espacio a lo nuevo. Tradición, conservadurismo, nostalgia. En el último bocado, siempre volveremos a lo viejo. Aunque más no sea por despertar el recuerdo de la primera vez que se deshizo en nuestra boca. Buenas noches.

martes, junio 24, 2008

Cola de amor II

Géstase el amor, en las paradas de colectivo. No sé bien cuántas fueron. Pero en todas -o, casi-, lo noté. Caí en la cuenta. Hombres y mujeres. Compañeros de trabajo, de facultad, forzados a pasar no menos de diez o quince minutos esperando. Juntos. Parejas gestadas al calor de una espera pasatista. Conversaciones alimentadas por los rumores del contexto que los reúne, día tras día. Coqueteos, sí. Los que se adivinan en el lenguaje de los cuerpos. Ella se inclina hacia delante, sonríe; él, con un pie sobre el asfalto y otro sobre el cordón, mira al horizonte, canchero. Histeria, pura histeria. Exacerbada por la espera.
Y, cómo no. Cómo no morir un poco por quien vuelve inútil aquella espera, despojándola de su sentido último, al encontrarse uno no esperando más que ese tiempo en el que espera.
Desde arriba del colectivo, rogar que se maten. Que se devoren, ahí mismo. El colectivo va a llegar, y nadie se besa, por primera vez, en los bondis. Es una mersada.
Desafortunadamente, el grueso de aquellas sintonías -una vez llegado el encuentro de los cuerpos-, suele acabar en meras historias clandestinas. Romances paralelos, de segunda mano, que se terminan ni bien uno de los involucrados cambia su domicilio, y se ve obligado a tomar otra línea.

Blue moon, you saw me standing alone, without a dream in my heart, without a love of my own. Buenas trasnoches.

domingo, junio 08, 2008

De aquí a la eternidad





Jueves. "Burt Lancaster,... ¿existió de verdad?", preguntó. Y en las tripas, algo se me revolvió. La orilla, la ola, los cuerpos al sol. Rodando. Besándose, groseramente excomulgables. Rodando. Deborah, Deborah, pensé. It never suited ya.

Viernes. En los sótanos, en esa puerta vaivén. Que se abría, mostrándolas, con sus gestos condenables. No volvía a ese sótano desde aquel jueves. Lejano ya, casi olvidado. Unas horas de esos juegos en los que caigo siempre, en un kiosquito de mala muerte, que atrás -si mal no recuerdo- oficiaba de parrilla para los taxistas de la zona. Unas horas de esos jueguitos, y al rato estábamos en el escenario. Y la puerta vaivén. Que se abría. Y el miedo. Miedo a que me tiren de los pelos, porque nunca me habían tirado de los pelos. Y, gracias a Dios, nunca lo hicieron. Porque estábamos arriba del escenario, inalcanzables. Inmunes a todo aquello que tuviera los pies sobre la tierra. Éramos tan perfectas.
Esta vez, espaldas anchas custodiaban las tablas. Nadie bailaba sobre el escenario y nadie había cuando la puerta se abría. Estaba bien, porque todo estaba bien. Porque todo dejó de estar mal hace mucho. Aunque nunca haya vuelto a estar como estaba. Que aburrido es dejar de ser pendejas, pensé. No tener miedo a que te tiren de los pelos. Que aburrido es no tener archienemigos, rivales, envenenados de ganas de hacernos morder el polvo. Que aburrido es haber dejado de parecer perfectas, y que ya nadie se preocupe por corrernos de escena. Así de aburrido como vivir en un mundo donde la gente ya no sabe quién es Burt, y Lancaster es para ellos sólo una marca de cosméticos.

Rodando. Besándose. Burt, luego Deborah, luego Burt. Deborah, arriba, se lo come vivo, inclinada sobre su torso desnudo. Él, debajo, tirado sobre la arena mojada, acerca la cabeza de la infiel mujer hacia la suya con uno de sus brazos. Besándose, mientras el océano rompe sobre sus cuerpos. Y alguien pregunta si Burt existió. Por suerte existe M. que, antes de que me diera un patatuz, recordó a A., cómo y cuando, Burt se hizo definitivamente inolvidable. Suntuoso, arenoso, envuelto en una ola, revolcándose en la orilla. Como si alguien pudiera olvidarse de una pasión que necesita ser acallada por las heladas aguas del Pacífico. Como si alguien pudiera olvidarse de semejante revolcón... De aquí a la eternidad. Buenas noches.

miércoles, mayo 28, 2008

Bruce no es sólo para Jerry McGuire

Tarea para taller de escritura. Relato con flashback y flashforward. A los flashes... Buenas trasnoches.

Son las seis y media. Manuel pone el auto en marcha y emprende el viaje hacia las oficinas de la productora. En el trayecto, la voz de Bruce Springsteen suena a todo volumen. Manuel canta, grita. Fuera del auto, los peatones lo observan cada vez que se detiene ante un semáforo. El hombre es un espectáculo. Un espectáculo de mímica desenfrenada. Después de las primeras diez cuadras, al detenerse nuevamente en un semáforo, Manuel advierte la mirada de los observadores ocasionales.

A los diez años, mientras cursa quinto grado en el colegio San Juan Bautista del Lasalle, se despierta por primera vez en Manuel el miedo a las miradas intrusivas. Una mañana, después de haber pasado el mejor día de cumpleaños de su corta historia, habiéndose comido una torta entera de nuez y ralladura de limón, se levanta con un leve malestar. Ruega y suplica a su madre que lo deje quedarse en casa, pero es inútil. En el recreo de las nueve y cuarto, se sienta en una esquina del patio, lejos de todos sus compañeros. De a ratos, una puntada en su vientre alerta sobre la proximidad de una catástrofe. Manuel, asfixiado por un sofocón de calor, controla los espasmos presionando las rodillas sobre su abdomen, emulando una posición fetal que comienza ya a atraer las miradas del resto de los chicos. Al cabo de unos segundos, dominado por un sinfín de retorcijones acuciantes, se pone de pie y corre hacia el baño. Mira de reojo para asegurarse de ser el único en el lugar, entra a uno de los cubículos individuales y cierra la puerta de inmediato. Un estruendo descomunal, y Manuel siente que en aquel estallido de placer se le va la vida. Afuera, las voces de los chicos que juegan en el patio se van apagando de a poco. Manuel supone que el recreo terminó e intenta ponerse de pie, pero su labor en aquel inodoro aún no ha llegado a su fin. De repente, sobre su cabeza comienzan a volar pequeñas bolitas de papel ensalivado. No alcanza a levantar la mirada, cuando empieza a sentir las risas de sus compañeros, trepados a la pared lindante con el cubículo vecino, observándolo desde arriba. De la vergüenza, se deja caer en el hueco del inodoro, ensuciando su uniforme.

El semáforo está en verde, las bocinas de los autos que están detrás, despiertan a Manuel, que pisa el acelerador de inmediato. La mímica se detuvo. Bruce sigue sonando, a todo volumen, pero ahora sólo es acompañado por un tímido movimiento de labios. Durante los diez minutos restantes hasta llegar a la productora, Manuel habla por teléfono con su mujer. Le cuenta lo ocurrido hace un rato, y ambos estallan en carcajadas. Ya no es aquel chico. Porque existe Clara, Manuel no es aquel chico.

Llega a la productora cinco minutos más tarde de lo previsto. Un margen de impuntualidad que pasa desapercibido para el resto, pero es insoportable para él. Martín, su productor, lo recibe en la puerta. Manuel estira su brazo y lo saluda dándole una palmada en la espalda. Martín devuelve el saludo con un beso en la mejilla izquierda. “Siempre pensé que eras un poco raro”, ironiza Manuel.

Contra sus percepciones, dos años después de esa visita, Martín se convierte en padre del primer hijo de Clara. Habiéndola acompañado durante todo el duelo y eventos varios, entablan una relación de confianza que se sostiene, en un principio, por las frecuentes reuniones en torno de las regalías que la viuda debe cobrar sobre la obra póstuma de Manuel. Con el correr de los meses, las visitas se van alejando del propósito inicial, y adquieren poco a poco un matiz afectivo. Al año, Martín abandona su morada de soltero y se muda al departamento de Clara. Revisando un cajón del armario que solía pertenecer a Manuel -y que había quedado intacto por orden expresa de su mujer-, Martín encuentra un sweater azul, que aún conserva la etiqueta puesta. Se lo prueba, y lo lleva puesto esa misma noche, mientras celebran el inicio de la convivencia. También lo lleva puesto en otras dos ocasiones: tres meses más tarde, al proponer matrimonio a Clara en el baño del departamento, luego de haber visto juntos las líneas positivas del test de embarazo; y nueve meses después, en el nacimiento del primogénito de ambos.

Manuel se limpia el beso de la mejilla. La reunión es breve, una excusa para un pequeño e íntimo brindis pre-estreno. Una hora más tarde, Springsteen vuelve a sonar a todo volumen en el Peugeot 307. Olvidando lo ocurrido en la ida, Manuel vuelve a su playback desgarrado al ritmo de I wish I were blind. En sus labios pueden leerse las estrofas del estribillo:

“We struggle here/ but all our love’s in vain/ Oh these eyes that once filled me with your beauty/ Now fill me with pain/ And the light that once entered here/ Is banished from me/ And this darkness is all baby that my heart sees (...)/ Oh I wish I were blind/ When I see you with your man...”.

Peleamos acá/ pero nuestro amor es en vano/ Estos ojos que una vez me llenaron de tu belleza/ ahora me llenan de dolor/ Y esa luz que una vez entró aquí/ ahora es prohibida para mí/ Y esta oscuridad, nena, es todo lo que mi corazón ve (…)/ Desearía ser ciego, cuando te veo con él…

domingo, mayo 25, 2008

Kir

Un kir, allá lejos y hace tiempo. Fusión espirituosa de vino blanco y licor de no se qué. Después de los primeros sorbos, basta ponerse de pie y haber comido poco, para pensar que el mundo es un lugar maravilloso. Un cuarto rebosante de amour fou y canto de cigarras. Mas luego, el kir nos abandona, como nos abandona el amor loco, y las cigarras nos dejan por hormigas. Así no más. Ya no las oiremos cantar, ya no volveremos a enloquecer, ya nunca beberemos kir again.

Nunca supe bien su nombre hasta hace un año, mientras pedaleaba eufórica en una bicileta fija del gimnasio. Nunca lo supe bien. Y me lo olvido fácil, por suerte. Como casi nada.

Posología: una copa. Efectos adversos: inflamación de las papilas gustativas y la córnea que pudiera derivar en ver y gustar de un tipo de fisonomías celestiales allí donde sólo hay lo mismo de siempre... problemas. Luego de la ingesta accidental, provocar el vómito con un balde de agua tibia y sal. Si la molestia persiste, cambiar el agua tibia por tequila, en las mismas proporciones.
Buenas noches.

jueves, mayo 08, 2008

Siesta

A pedido del Chuffle, acá va una reversión de El hombre muerto de Horacio Quiroga, realizada por quien suscribe. Buenas tardes.


SIESTA

Siempre creí que el final de mis días me encontraría lejos de este inútil machete. Quizás sobrevaloré mis dotes naturales y subestimé mi exquisito talento para la torpeza. Quizás. Al abandonar esa calle, me inundó la ilusión de volver a casa despidiéndome hoy, por vez definitiva, de la tediosa labor de manipular el machete. Pensé tal vez –tal vez nunca más acertado- que este mediodía sería el último, y limpié esa calle del bananal con esmero. Una siesta, dos calles más, y la libertad.

Sin embargo, bastó una mala pisada al cruzar el alambrado para que una caída accidental acabara del todo con mis planes. Podría culpar a ese poste maldito, más sé que la culpa fue del machete. Como adivinando mis intenciones, el muy traicionero se escapó de mis manos, de mis ojos, de mi dominio. Y pensar que llevábamos casi una vida juntos.

Al caer, cerré los ojos en un acto reflejo. Pude escuchar como la hoja del machete rasgaba el aire antes de que éste golpeara contra el suelo. Cuando volví a abrirlos, me encontraba ya tendido en la gramilla. Aquí estoy, ahora. De no ser por el machete atravesando mi vientre, me hallo en la pose exacta en la que hubiera querido estar. Una parte de mí advierte en la herida, la proximidad de la muerte. Mis horas están contadas.

De pronto, me parece ver la vida misma desfilando ante mis ojos. Incluso la que hubiera deseado vivir, lejos del machete que ahora decreta el final de mis fantasías. Por un momento, pienso que podría tratarse de una pesadilla. Después de todo, el mundo que me rodea aún no ha detenido su curso. El bananal esta allí, inmóvil, y aún puedo divisar el techo rojo de mi casa, a lo lejos. Malacara está cerca, oliendo el alambrado. La muerte parece algo improbable. ¿Muerto, yo? Si hasta puedo escuchar el silbido del muchacho que pasa hacia el puerto nuevo, todas las mañanas, a las once y media. En cualquier momento me levantaré y terminaré con mi tarea. Es un mediodía como cualquier otro.

Pese a que nada ha cambiado a mi alrededor, sé que estoy distinto. Hace dos minutos, tendido en la gramilla, he comenzado a morir. Mi vida deja de pertenecerme a cada segundo transcurrido. Ni el bananal, ni mi familia, me pertenecen ahora. Es probable que jamás vuelva a verlos. Pero, no.


No es posible que haya resbalado así, no es posible que mi eterno y fiel compañero haya escapado de mis manos para acabar finalmente con mi existencia. Sólo es una siesta, un descanso. En un rato, me levantaré y continuaré el trabajo. Sólo estoy un poco cansado. Malacara me espera junto al alambrado. Sabe que pronto reanudaremos la tarea. Como todos los días.

Sólo estoy un poco cansado, Malacara. He de reposar unos minutos aunque, quizás, hayan pasado ya varios. Varios. Sí, a las doce menos cuarto bajarán a buscarme para almorzar. Pronto vendrán mi mujer y los niños a buscarme. El más pequeño intentará soltarse de la mano de su madre y correrá hacia mis brazos. Puedo ya escuchar su voz. “¡Piapiá! Piapiá!”. Sí, efectivamente puedo escucharlo. Ya está, he reposado lo suficiente. Mas, ahora, no sólo escucho la voz de mi pequeño, sino que he adquirido una vista panorámica del paisaje. Puedo ver el potrero, el tajamar, la arena roja del bananal, el alambrado y los postes que debo cambiar. Puedo verme allí, tendido junto al poste, reposando. Acompañado, como otros tantos mediodías, por un machete de monte. Sólo estoy descansando.


domingo, mayo 04, 2008

Cuadrilátero

Veamos. ¿Cuántas son las probabilidades, para un ser humano cualquiera -exceptuando a los profesionales del box y deportes afines, en todas sus categorías-, de verse arrinconado en una esquina? ¿Cuántas, cuántas son, tratándose en particular, de una esquina abierta? Una esquina de puntos de fuga que se prolongan in eternum, una esquina que despliega una multiplicidad de vías favorables a la estampida.
Datos estadísticos resaltarían que la probabilidad de tal acontecer, se vería exacerbada, especialmente, en aquellas latitudes donde la brecha entre pobres y ricos haya elevado las tasas de marginación social a cifras propensas al estallido de prácticas violentas. Mas no es ese el tipo de arrinconamiento al que intento referirme.
El humilde -no por ello, menospreciable- alcance de mis reflexiones, me acerca más a la idea del arrinconamiento asociado a un encuentro fortuito e impensado. Encuentro de quienes no se buscan (o, al menos, en el plano de la conciencia discursiva, no pueden dar cuenta de la búsqueda). Encuentro que se produce al azar, casi por designio astrológico, en una esquina del barrio porteño de Recoleta, en un día y horario en los que no se cruzarían ni las calles. Día y horario en el que jugando- feliz y contenta- con la tijera rosa, detuve a tiempo mi marcha hacia atrás y evité, milagrosamente, el filo de una más peligrosa. Volteé, ignorando el peligro que me circundaba, y lo vi. El tiempo se detuvo unos segundos para que lo observara, incrédula, de pies a cabeza. Efectivamente, la campana, el último round. Arrinconada. Sí. Otra vez, como hace poco. Otra vez. La tijera rosa en mano no fue suficiente para sortear la duda ni la poca velocidad de reacción. Ni eso, ni la lengua larga. Malintencionadamente, larga; reprochablemente, larga. Un largo, aparentemente, a prueba de tijeras.
Nuevamente, razones todavía sujetas a sendos análisis por venir, la probabilidad no fue pájaro en mano. Quizás los cien volando me sientan bien. Después de todo, encuentro de quienes no se buscan, no es encuentro al fin. Buenas trasnoches.

sábado, abril 19, 2008

Smoked

Del humo no se espera más que humo. Que se filtre en las fosas, congestionando las vías respiratorias, las mucosas. Que irrite los ojos, los ánimos, congestionando el transporte público. Que interrumpa el flujo migratorio, cortando rutas, puentes, autopistas. Que ensucie más rápido que de costumbre los cabellos, volviendo hasta a la primer consumidora de pieles Breeder's en una fervorosa activista del medioambiente.
Lo que no se espera, es que llegue; y, después de cuatro días, no se vaya. Como un amor tóxico, asfixiante. Un soplo de monóxido de carbono, directo al corazón. Buenas noches.

miércoles, abril 16, 2008

Inútil presentarse sin referencias

Honestamente, no me reconforta demasiado imaginarme cómo sería el último día de mi vida. Mucho menos, trangredir fronteras que, en última instancia, acelerarían mi pase al otro lado.
Según Alex Aloi (Más no doy), lo expuesto en la entrada anterior es básicamente una pedorrada, y ya debiera yo, a los veintitantos, "animarme a utilizar mi imaginación transgresora". Transgedime ésta, Alex. Buenas noches.

martes, abril 08, 2008

Último día

Materia, inútil. Consigna, pedorra. Resultado, simpático. Ahí va, a pedido de las más bellas sociólogas que se han visto entre pasillos de Marcelo T. Cítome:

"Si fuese hoy el último día de mi vida, probablemente trataría de cumplir –extendiendo, quizás, su duración en el tiempo- con la mayoría de mis rutinas cotidianas. Rutinas que son ritos y, como tales, ayudarían en este caso a evitar el colapso nervioso que implica saber que se trata del último día de vida. Entonces, me levantaría a una hora razonable, después de unas ocho o nueve horas de sueño, y dedicaría no menos de dos horas al ritual del desayuno en familia, seguido de la frívola lectura de alguna revista de modas (veamos, se está por acabar mi mundo, no tiene sentido alguno desperdiciar las últimas horas de vida leyendo sobre actualidad político-económica si no habrá oportunidad de cambiar el ritmo de las cosas). Después del desayuno, tomaría un baño de hora y media de duración. Una vez que mis poros estuviesen lo suficientemente dilatados, saldría de la ducha y me pondría a examinar cada uno de ellos frente a un espejo. Creo yo, y tal vez se deba al hecho de ser hija de una dermatóloga, que no hay mayor entretenimiento hogareño posible que el de eliminar los puntos negros. Finalizada esta tarea, dedicaría un buen rato al disfrute de la música favorita mientras me lanzo a la difícil labor de elegir qué ponerme. Seguramente, bailaría frente a un espejo probando la efectividad de cada atuendo seleccionado, previendo el caso de que las glorias del último día de mi vida me llevasen sorpresivamente a improvisar una pista de baile a mitad de la tarde. Concluida la selección, invitaría a tres o cuatro amigo/as del alma a que me acompañasen a aquellos lugares de la ciudad que siempre quise visitar y por algún incomprensible motivo, postergué una y otra vez durante mis veintidós años de porteña nativa. No iría con todos a todas partes sino, más bien, trataría de repartir la jornada en cuatro salidas de tres horas de duración cada una, concurriendo, como mucho, con dos personas a cada lugar. Eso me permitiría aprovechar al máximo la compañía, sacándole también todo el jugo posible al contexto. Evitaría cualquier tipo de mención al hecho de tratarse de la última vez que pasaremos juntos, ya que eso sólo derivaría en llantos inútiles y desesperanzados... un desperdicio de tiempo. Guardaría tal vez, la última salida, las últimas horas del día, para aquella historia de amor que recién comienza. Sabe Dios que tanto la había esperado en los últimos años, que probablemente sería lo más duro de abandonar así, de esa forma, justo al principio y tan de repente. Trataría entonces de dejar la mejor locación para el final, y haría -nuevamente- todo lo posible por evitar las lágrimas y los comentarios con sabor a última vez.
No estoy segura de si preferiría cerrar finalmente los ojos en mi cama o en los brazos de alguien. Sin embargo, es probable que a esa altura ya me esté muriendo de miedo, así que no vendría mal estar en los brazos sobreprotectores de mis padres, mientras -pausada y detalladamemente- me cuentan, una vez más, cómo fue que ocurrió todo el día en que nací".

Buenos días.

sábado, abril 05, 2008

Pink, it's my new obsession

La vida abunda en clichés. No importan los años de vanos esfuerzos en pos de evitarlos. No importa lo mucho que renegara del rosa en preescolar, cuando nos acercaban una caja repleta de tijeras de colores, y las desneuronadas de mis compañeritas se abalanzaban sobre las rosas -o, en su defecto, fucsias- mientras yo sólo dirigía mi búsqueda hacia alguna que cortase derecho, y no en zig-zag. Sé que en el fondo no se trataba de ir consciente y reflexivamente contra la corriente sino, más bien, debíase mi actitud al estar plenamente convencida de que la tijera rosa -porque era rosa- nunca llegaría a mis manos.
Se hace más que difícil batallar contra la idea de sí que una ha construido a lo largo de dos décadas de vagar errante por este mundo. Y de repente, cuando se cree que el déficit comercial de la propia historia de vida nos destinará a ser un rotundo fracaso de taquilla... la tijera rosa cae en nuestras manos. Misteriosamente, ya ni nos importa si es zig-zag, o si de verdad servirá para cortar.
Cae. Siempre cae. Y una se muere de miedo. Porque se se ha muerto antes, y sabe, también habrá de morir después. Buenas trasnoches.

miércoles, marzo 12, 2008

Apto profesional

Supongamos que una se pasa la vida viendo cine negro y su modelo a seguir es, por ejemplo, Barbara Stanwyck en Pacto de Sangre (Double Indemnity). La femme fatale es una mina laburadora. Cada caída de párpados, cada pitada, cada llamada está milimétricamente estudiada. Por más improvisado que parezca a simple vista, la mujer fatal ha planeado cada uno de sus movimientos desde el momento en que una frustradísima madre ama de casa, cansada de lavar pañales a mano y tener la comida lista, la convenció de que la vida arrancaba por ese lado, cuando apenas contaba con unos cuatro o cinco años de edad.

Y si la vida se trata de esterotipos -manipulados por el azar genético y la geografía- todas las mujeres llevamos en algún rincón del alma una mujer araña fría y calculadora llegado el momento de hacer caer a los hombres en las telas. Pero ya, la vida suele ser corta (al menos la sexualmente activa) y una, entre tanta labor cotidiana, se cansa de seguir sumando tareas para el hogar. Debo admitir, que peco de ser vaga y que las pocas veces que me he lanzado a hacer el trabajo fino y meticuloso, termine enredada o, el ser en cuestión, ya se encontraba enredado en otras telas. Mi experiencia laboral no ha sido grata, en fin, y tampoco he aportado mucho como para jubilarme dignamente. No se trata entonces de pugnar por el retiro voluntario, sino de tomarse una licencia con goce. Y esta vez, que el laburo, sea el de los otros.

Miniambiente con luz natural, buena ubicación, excelente contrafrente, pileta llena y sin cadáveres flotando a la vista: apto profesional. Buenas noches.

jueves, marzo 06, 2008

Feliz Desmemoriada

La suerte, lisa y llana, amiga y hermana, no es lo mío. A falta de ella, he desarrollado una memoria prodigiosa, memoria de las que permiten acumular grandes volúmenes de información en el menor espacio posible (aunque me jacte de ser cabezona), no sólo sobre la vida propia, sino también sobre la vida del resto de los seres que habitan este mundo siempre gustoso del olvido. Sentido común, cultura general, percepción, lo que fuere... no soy más que una chusma de peluquería disfrazada de erudita del saber común, de bibliotecaria de Alejandría.
En asuntos de la vida, la victoria es de los que tienen suerte. En las trivias de preguntas y respuestas made-in-El-Mundo-del-Juguete, en los crucigramas, en los multiple choice, la victoria es de aquellos que tienen memoria.
Experiencias recientes dicen que basta el recuerdo de un mal paso para cambiar la fortuna del suertudo, y alcanza con un mínimo golpe de suerte para que la mente del memorioso se quede en blanco. Por un rato. Buenas tardes.

miércoles, febrero 13, 2008

Parajes soñados

"... escapar a la inexorabilidad del tiempo. La muerte no es más que la victoria del tiempo. Y fijar artificialmente las apariencias carnales de un ser supone sacarlo de la corriente del tiempo y arrimarlo a la orilla de la vida". André Bazin.

Fijar artificialmente las apariencias en palabras. Darles la forma justa, exacta. La forma que nos permita tejer un relato acorde a los parajes soñados. A veces, fijar artificialmente algunas historias, correrlas del fluir natural de las cosas, sólo arrima intentos fallidos a la orilla. Y creemos ver cuerpos que laten, donde no hay más que recortes parciales de una realidad inaprehensible para nuestra finitísima existencia: nuestros corazones crédulos, inexorablemente incapaces de atravesar la rompiente. Buenos días.

viernes, febrero 08, 2008

Gallo de Oro

El glamour, las mujeres y el arroz. En el punto justo, es el acompañante ideal, el secreto mejor guardado del sushi. Cuando se pasa, es croqueta. Keep it in mind. Buenos días.

miércoles, febrero 06, 2008

Mellon Collie

De-vuelta. Angustia post-oceánica. Y eso que siempre extraño un poco Buenos Aires. Un poco. Buenas noches. Que sueñen con Molly Ringwald.

martes, enero 08, 2008

Qué va a ser de ti lejos de casa

"Un lunes de noche la vi salir con su impermeable amarillo, sus cosas en un hatillo y cantando 'quiero ser feliz' ...".

Joan Manuel Serrat, Qué va a ser de ti.

Con documentos que acrediten nuestra identidad. Aunque en el fondo nunca logremos saber de quién se trata. Sí sabemos, en cambio, lo que cuesta tratarse de alguien. Y lo que seguirá costando. Partimos.

Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti. Buenas tardes.

sábado, enero 05, 2008

Una voz en el teléfono

"And she screams out my name/ In the dead of the night."

Bloc Party, She's Hearing Voices.

Cuánto tiempo se ha de esperar hasta acostumbrarse finalmente a una voz en el teléfono. Tengo un terrible miedo a las voces al teléfono. Puesta al tubo, no soy una gran conversadora. Tengo pánico telefónico a no poder ver la cara de mi interlocutor. Me bloqueo. La locuacidad se esfuma, y hablar conmigo es lo más parecido a dialogar con un contestador automático puesto en el freezer. Por supuesto, todo se atenúa una vez que conozco suficientemente a la otra persona como para adivinar qué cara puede estar poniendo. O cuando la conozco tanto tanto, que no me importa.

Cuando, inesperado, ese momento que solemos premeditar durante décadas se precipita, así, sin avisar y de repente, una mala -mala, malísima- conversadora al auricular como yo, debe marcar de inmediato el botón para responder a una llamada perdida de una voz que escuchó tan pocas veces (y ninguna al teléfono), perteneciente a un rostro al que todavía no le descifró todos los gestos... eso, señores, ESO es pánico telefónico.

Y, así y todo, aunque más no pueda hablar que del clima y la geografía, sé que el poder de una voz a tiempo es insuperable. Lo sé. Porque todavía intento adivinar sus caras. Porque me duele una voz en todo el cuerpo. Buenas trasnoches.

martes, enero 01, 2008

No year's new

Despido con honores al viejo módulo 2007 -el primer año no-bipolar de mi existencia- y doy la bienvenida al año que comienza... como sea que venga, a donde sea que vaya. Por muchos y muchos años no-bipolares por venir. Salud. Buenas nuevas noches, buenas nuevas horas.

jueves, diciembre 27, 2007

Cienfuegos

"Don't get me wrong
If I’m acting so distracted
I’m thinking about the fireworks
That go off when you smile".

Pretenders, Don't Get Me Wrong.

Yo no creo en fuegos artificiales, y por eso me gustan. Son de las pocas cosas en la vida -tales como la piel sintética- que son truchas, y no lo niegan. Ilusión divina, que no admite su contracara. Siendo que "el que avisa no traiciona", los fuegos portan así la desilusión en el nombre, mostrándosenos mágicos e inasibles... artificiales. No creo, entonces, en fuegos que se paguen en efectivo, pero defiendo el artificio de ver a los astros estallar en minúsculas partículas hasta que el destello se haga humo. Y es que así, un día, comenzó el mundo.

Buenas tardes.

miércoles, diciembre 19, 2007

El beso del final

"I remember that time you told me, you said,
'Love is touching souls'
Surely you touched mine
'Cause part of you pours out of me
In these lines from time to time...".

Joni Mitchell, A Case Of You.

Nunca fui Julia, no iba a terminar corriendo por una estación. Por más que muriera de ganas de ir a reclamar mi beso del final. Será que no es tiempo de cartelera de vacaciones de invierno, como para que mis historias encajen en encuadres rosa chicle. O -como diría una amiga-, será que soy "trágica, y no dialéctica". Después de todo, el beso del final es algo malhadado: algunas historias, no debieran terminar. Farewell sweet prince, wherever you are. Buenas trasnoches.

jueves, diciembre 13, 2007

Another time undone

"Hopelessly drift in the eyes of the ghost again. Down on my knees and my hands in the air again. Pushing my face in the memory of you again. But I never know if it's real, never know how I wanted to feel. Never quite said what I wanted to say to you, never quite managed the words to explain to you. Never quite knew how to make them believable. And now the time has gone. Another time undone. Hopelessly fighting the devil futility, feeling the monster climb deeper inside of me. Feeling him gnawing my heart away hungrily. I'll never lose this pain, never dream of you again".

The Cure, Untitled.

No creo en los fantasmas, pero que los hay... los hay. Cobran materialidad únicamente en sueños y, si la vida es sueño -contrariando a Calderón-, los sueños, vida son. Convirtiéndose también el soñador en una entidad fantasmal y difusa, en los sueños volvemosnos todos la misma especie. El fantasma aterra entonces en condición de semejante, y sólo como tal, puede procurarnos heridas profundas, concretas, certeras. En días vacacionales como estos, donde la falta de obligaciones puntuales e impostergables, vuelven la vida un sueño eterno -un estado onírico de alpedismo febril-, la posibilidad de terminar siendo devorada por fantasmas, es defintivamente cosa de temer.

Como dijo hoy un señor arquitecto palermitano y pseudo-vietnamita (por opción o porque el orientalismo está de moda, quién sabe), refiriéndose a las dos primeras palabras que todo vietnamita pronuncia cada mañana al abrir los ojos... : "Bendigo despertar". Buenas trasnoches.

martes, diciembre 04, 2007

Lecturas compartidas

Aversión a los mirones, los curiosos. Al mirar lo que otro está haciendo, debería uno procurar que no se note. El mirón alevoso trasciende la frontera del reojo aceptable hasta convertirlo en un asalto al frágil puente que la persona observada intenta construir con su ser interior. Es mejor, siempre, ser el tercero omnisciente y evitar que nuestra curiosidad impetuosa nos tranforme en co-protagonistas del momento íntimo de los otros. No romper el encanto. Sin embargo, creo aún que hay asaltos que deberían perpetuarse en pos de la sintonía espiritual que los mismos auguran.
Linea D. Ella leía la Barcelona que tenía entre sus manos. El muchacho sentado a su lado -que probablemente nada tenía que ver con la señorita-, ojeaba la revista por encima de su hombro. No parecían notarlo, pero se estaban riendo al mismo tiempo (y quizás de las mismas cosas). Qué pena, pensé. Qué pena que la vida no se parezca a una comedia romántica de los ochenta, donde esos dos terminarían, tal vez, festejando el año nuevo juntos. Buenas noches.

jueves, noviembre 29, 2007

Maria del Spanish Harlem

Jueves, viernes y sábados de solteras del mundo entero, prepárense. Buenas tardes.

P.D. : Debo procurar dejar de tener esos sueños de amor furtivo con profesores cancheros, hiper sexies como J.G. Blue-eyes. Detrás de todo, la eterna preocupación acerca de cuán, pero cuán fácil me entrego a la autoridad...

martes, noviembre 27, 2007

Cola de amor

"No me queda bien estar fingiendo,
aquí parado cualquier línea me deja bien.
A veces sin rumbo cola de amor,
voy a buscarte espero aquí o me voy".

León Gieco


Dicen que los hombres son como los colectivos: pasa uno atrás del otro. Los míos, se parecen al 92. Horas y horas en la parada, esperando en vano que se asome. Luego de un rato -más bien parecido a un siglo-, llegan tres juntos. Una flota. Y siempre, fatalidad del destino mediante, termino subiéndome al que venía más lleno. Buenas noches.

lunes, noviembre 12, 2007

A spirit that is calm

"Then let me start again, I cried,
Please let me start again,
I want a face that's fair this time,
I want a spirit that is calm."*
Leonard Cohen

Cuando uno empieza a acostumbrarse a esas noticias, cuando ya no sorprenden, o parece más bien que sólo se trata del curso natural de las cosas, eso quiere decir que estamos grandes. Ahí donde no soñamos más en rebobinar; ahí, estamos grandes. Justo hoy, cuando mi mamá deja de ser hija por esas cosas del destino finito que nos toca a los mortales, y parece estar bien, hasta que de repente cae, y los recuerdos empiezan a sucederse frente a sus ojos como imágenes en una película, llevándola a decir -entre lágrimas- que "uno espera que estas cosas pasen, pero cuando pasan son un baldazo de agua fría". Justo hoy, me pregunto hasta qué punto uno está grande. Cuándo es que, finalmente, dejamos de soñar con volver el tiempo atrás. Buenas noches.

*Entonces, dejame empezar de nuevo, grité. Por favor, dejame empezar de nuevo. Esta vez quiero un rostro que sea justo. Quiero un espíritu que esté en calma.

miércoles, noviembre 07, 2007

Red Red Car

"Red, red wine. Go to my head, make me forget that I still need him so. Red, red wine. It's up to you. All I can do, I've done. But memories won't go. No, memories won't go." * (Neil Diamond, readaptado).

Esos capítulos que no se cierran en el momento, y vuelven en sueños para mostrarnos que ni soñando los vamos a cerrar.

Días y días en los que, camino a la facultad, veía aquel auto rojo estacionado siempre en la misma cuadra. Y como todo en la vida se parece un poco a otra cosa que ya vimos antes, ese auto tenía su doble en mis recuerdos. Su gemelo con historia, con evidencia empírica. Un gemelo que me acechaba, fantasmal, entre los registros que mi memoria guardó de un tiempo en el que caminé sobre nubes. Ver el auto, me llevaba "inevitablemente a...". A recordar a su doble. Según el nivel en el que mi umbral de dolor se colocara al toparse con el automóvil, yo evaluaba cuán superada, o no, estaba la cuestión que oprimía mi desolado corazón. Lo curioso fue constatar que, a medida que la vida me arrojaba hacia nuevas experiencias, el auto -siempre en la misma cuadra, día tras día- comenzaba a evidenciar abolladuras, impactos lo bastante serios como para cuestionar su viabilidad en tanto medio de locomoción. En fin, estaba más cerca del desarmadero que del turismo carretera; y fue entonces cuando empecé a pensar que, en algún lugar de mi cabeza, su doble también estaba muriendo de a poquito.

En los últimos dos meses, el auto -que se había ido mostrando cada vez más destartalado-, desapareció. Desapareció sin que yo llegara a reparar en ello. Así, de repente. También su doble se había ido fugando de mi cabeza, de tanto en tanto, progresivamente, sin que yo lo notase. Hasta que me di cuenta. La cagada es cuando nos damos cuenta en voz alta... el que nombra, hace existir. Y no es porque seamos pájaros de mal agüero pero, venga, que eso es llamar a la mala suerte de acá a la China. Tal es así que, ni bien se me ocurrió pronunciar la maldita frase delante de una amiga, esa mismísima noche, se me apareció el gemelo malvado en sueños. Después de siglos y siglos. Volvía por la puerta grande, haciéndome caminar por la vía lactea y yo era, definitivamente, la persona más feliz del universo.

Al otro lado de ese universo, quien se despertó a la mañana siguiente, fue una mujer terriblemente desilusionada. Desilusionada por no poder seguir soñando. Desilusionada por creer en cosas que no existen. There ain't no cure for love, diría Leonard Cohen. There is a cure, digo yo. Sólo que no se anima a curarme del todo. Aire, aire. Buenas trasnoches.

* "Vino tinto, tinto. Sube a mi cabeza. Hazme olvidar que todavía lo necesito tanto. Vino tinto, tinto. Está en vos. Todo lo que puedo hacer, lo hice. Pero los recuerdos no se van. No, los recuerdos no se irán."

domingo, octubre 28, 2007

De-vota

Finde electoral. Primera vez en una elección presidencial. Tumulto. Esa gente de mi barrio que se vuelve tan lúcida cuando se la expone a situaciones límites como: "¿¡Oh, tengo que esperar hora y media para votar!?". De repente, gritos del estilo "¡Quiero votar, quiero ejercer mis derechos!". Y entre tanto afán de civismo febril, lo único que ruego es que alguien les regale al menos una neurona por metro cuadrado, o en su defecto, que la justicia redistributiva obre de forma tal que los metros que posean sean proporcionales a la materia gris de la que hacen gala, y entonces, quizás el mundo -seamos ambiciosos-, se vuelva un lugar más justo. Buenas noches.

martes, octubre 23, 2007

Un cuento que se queda sin princesa

A M.D., con el más profundo de los cariños

Porque tenías la edad de mi hermano.
Porque te llamabas como yo.
Porque eras hermosa y lo seguirás siendo, por dentro, por fuera, por donde sea que se mire, donde sea que estés.
Porque saber que así - de repente-, todo se escapa, es un baldazo de agua fría; y la brevedad de la vida es terriblemente injusta cuando se trata de niñas maravillosas.
Porque todavía me acuerdo de los recreos eternos en el patio de baldosas naranjas, en los que a los 10 añitos me confesabas que morías de amor por mi hermano y yo pensaba que ibas a ser la mejor cuñada que pudiera tener, o al menos, la que yo hubiera elegido desde el primer día.
Porque eras un sol, tocaya, y tu partida tan pronta e inexplicable, me deja sin consuelo.
Por los tiempos compartidos, sabe Dios que me quedo con el mejor de los recuerdos.