sábado, diciembre 01, 2012

Crónicas comodorenses I: Aquí todos bien

Me convertí en migrante hace seis meses. Siempre amé mi ciudad natal. Mis apreciaciones sobre Buenos Aires supieron estar muy lejos de las que manifiestan disgusto frente a los ruidos, el tráfico o el ritmo vertiginoso de la gran ciudad. Me gusta el quilombo. El quilombo asociado a la gran ciudad es la expresión más concreta -la cristalización- del conflicto subyacente a toda aglomeración. Es equivalente a decir, en criollo, "no voy a caretearla si, entre nosotros, está todo mal". El conflicto es algo "natural", inherente a la vida en sociedad y, las grandes ciudades, tienen la facultad de ofrecerse como escenario para ese sano y catárquico ejercicio que es el quilombo.
Mi nueva ciudad tiene la particularidad de ser -después de Buenos Aires- la ciudad más quilombera del país. En Comodoro Rivadavia, centro neurálgico de la actividad petrolera nacional, el conflicto está a la vuelta de la esquina. Ciudad heterogénea, reúne trabajadores de los lugares más reconditos de la república, quienes cargan en sus respectivas mochilas una infinidad de prácticas y visiones de mundo que les son absolutamente propias y, a su vez, ajenas a todo el resto. Se podría decir que el único factor común entre todos ellos es el trabajo -o la expectativa de conseguirlo-. En Comodoro nadie caretea. Todo es brutal y concreto. Las interacciones sociales no buscan esconder los intereses reales detrás de lo políticamente correcto. El interés real se sirve de entrada, las cartas están siempre sobre la mesa. Cuando alguien alcanza un nivel de vida considerablemente bueno, su casa adquiere un aspecto suntuoso y sus hijos exhiben frente a sus compañeros de colegio cada nueva adquisición en materia de juguetes y videojuegos, estableciendo un nuevo sistema de clasificaciones sociales al interior del barrio o el aula a través de sus consumos culturales. Lejos de ver esta característica de la ciudad como algo negativo, entiendo que la claridad de principios que rige por estos lares  es algo sumamente beneficioso y a prueba de toda hipocresía. Pero lo suntuoso convive también con el descuido y la dejadez que azotan a los espacios públicos y a los hogares de quienes ven esta ciudad simplemente como un hogar de tránsito.
Otra singularidad de Comodoro, es el hecho de que está emplazada en un extremo de la Provincia del Chubut. Chubut es una provincia que, de no ser por la riqueza hidrocarburífera de -la porción que le corresponde- del Golfo San Jorge (donde se encuentra Comodoro), viviría entre la magra producción de sus valles agrícolo-ganaderos, el dulce -pero improductivo- hippismo de la cordillera, cierta bonanza del turismo madrynense y... pare de contar. En el medio de todo esto, más precisamente en el centro de la provincia, se encuentra la meseta. La meseta tiene algo de far west teñido de ese clima, bioma -o como se diga- tan propio de la mayor parte de la Patagonia Argentina: desierto.
La meseta es un lugar que roza la ciencia-ficción. Alguna vez pensado como depósito de residuos nucleares o, actualmente, como enclave provincial de la minería a gran escala, es una zona caracterizada por la ruralidad y el aislamiento. Hace unos meses, amistades chubutenses me hicieron descubrir un segmento radial propio de las regiones que poseen grandes extensiones de territorio con población rural: los mensajes al poblador rural. Todas las emisoras radiales de la provincia tienen este segmento que suele reunir a las familias de las comunas rurales frente al aparato radiotransmisor varias veces al día. El segmento de los mensajes al poblador rural es escuchado atentamente por todo el público al que está destinado, el cual padece, como rasgo característico, una seria dificultad para comunicarse por otros medios (sea por no poseer teléfonos o, directamente, no tener señal para realizar llamadas). El motivo que atraviesa a los mensajes puede ser muy diverso: desde el extravío de ganado hasta una cita para concretar no sé qué cosa, pasando también por eventos a realizarse en las distintas comunas. Mensajes tales como "Fulanito de Tal le comunica a sus hermanos que se acercará a la tranquera después del mediodía" o "Fulanita de Tal comunica a Fulanito de Tal que el lunes se encontrarán para atender lo acordado", están a la orden del día. Algunas personas avisan a sus familiares que arribarán a tal o cual estación a determinada hora a través de un mensaje emitido en este segmento, y es casi imposible no preguntarse si habrán escuchado el mensaje a tiempo como para ir a buscarlo. También están los mensajes destinados a informarle a familiares sobre nacimientos, el estado de salud de algún ser querido o, simplemente, contarles que se encuentran bien. Este tipo de mensaje suele finalizar con una fórmula preestablecida: "Aquí todos bien". La frase parece casi una regla procedimental, la cual tiene por objeto el tranquilizar a su destinatario y, además, resumir en tan sólo tres palabras un recuento que, de otra manera, podría implicar una hora de relatos al teléfono. Es, en cierto sentido, mágica y encierra, como tal, todo ese universo de estados físicos y emocionales que atraviesa a los habitantes de este territorio:

"Milagros G. y Juan Martín A. comunican a sus familiares y amigos que, después de seis meses en la ciudad de Comodoro Rivadavia, aún se encuentran en pie y entusiasmados. Aquí todos bien".

viernes, abril 08, 2011

Si me salvo

Trabajo del taller. Consigna: carta de amor escrita desde el último piso de un edificio que se incendia producto de un ataque terrorista en la ciudad de Buenos Aires.


Escribo una carta que no creo que leas. Si me salvo, por favor, NO la leas.
La verdad es que nunca pensé que iba a ser así. Como cuando hablábamos de la forma en que uno se muere. Bueno, nunca me imaginé que iba a ser así. En estas condiciones. Y ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea eso.  Qué pelotuda. Tuve ataques de pánico antes de cada viaje en avión, viajé cagada hasta las patas toda vez que agarramos la ruta dos. Pero es así. Te tiene que agarrar desprevenida. Como el amor, creo. 
Ahora tengo dos opciones. Y debería ser breve. Podría hacerte un recuento de todas las cosas que vivimos juntos y preferiría no haber vivido nunca. Pero me agarrás en un momento en el que “vivir” lo que sea es mucho más deseable que no hacerlo.  Y vos sabés que los últimos tiempos no fueron buenos. Lejos de buenos. Si esta fuese mi casa, no me extrañaría haberla prendido fuego a propósito. En el último tiempo empecé a empatizar más de lo que hubiera querido con eso de los “crímenes pasionales”. Bah, no. La realidad es que empecé a entenderlos. Es que, cuando ha corrido tanta agua bajo el puente, no querés más pero tampoco menos. Y la cosa se vuelve enfermiza, lógico.
Me gustaría que pudieras verme. En cuarenta minutos hice algo así como diez amigos íntimos –los únicos que en lugar de andar a los gritos como el resto, serenamente aceptan su destino- y no paro de hablar sobre lo maravilloso que es “lo nuestro”. Les conté sobre “los planes”. Y te juro que casi me muero en el instante. Sentí que me iba a estallar el pecho. Literal. Porque me di cuenta de que ya no hay planes. Y se me vino ese poema de Vilariño a la cabeza, reversionado. “Ya no soy más que nada para siempre y tú/ ya no serás para mí más que nada. Bueno, no sonó como en mi cabeza. Pero es muy cierto. Y es un bajón. Yo quería hacerte el recuento de las cosas malas, porque en el fondo me iba con bronca. Quería que te remuerda la conciencia. Pero la bronca es conmigo, con las circunstancias. Digo, cuáles son las chances… No puedo dejar ir el hecho de que, probablemente, de acá a unos años, superado el dolor, te estés cogiendo a otras minas. No puedo dejar ir el hecho de que tal vez sean sólo meses y no años. Si llegan a ser días, te juro que me voy a aparecer en el juego de la copa para recagarte a trompadas. Porque seguro te las estabas cogiendo antes.
En fin, calma. Lo que realmente me da bronca ahora, es no poder tener ni un pantallazo de cómo iba a ser todo. Con la poca fe que nos tenía, creí que la íbamos a poder remar un poco. No sé si salir victoriosos, pero remarla. Y si de algo estaba segura, era que sólo la quería remar con vos. Y por ahí eso era todo lo que quería que sepas. 

miércoles, diciembre 01, 2010

Splendor in the grass*


"...Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass,
of glory in the flower,
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind
...".
William Wordsworth, Splendour in the grass.


Deanie Loomis (Natalie Wood) ama a Bud Stamper (Warren Beatty). Están entre ese amor adolescente de un perfect-match estético (ambos son, por lejos, lo más escandalosamente bonito de la época) y la madurez de una pasión que, de no ser por los obstáculos asociados a la autoridad - el empecinado padre de Bud y la pacata madre de Deanie-, bien podría llegar al altar.

Interesado en la noche de bodas por encima de cualquier proyecto familiar, Bud pretende hacerse cargo del rancho de su padre y esquivar los estudios universitarios para casarse con Deanie lo más pronto posible. Deanie, confundida por el profundo deseo que la liga a Bud, debe acallar su sed de consumación frente al aviso de la señora Loomis (madre de Deanie) acerca de cuan inapropiado es que una mujer decente disfrute de las noches de alcoba. Aterrado por la idea de que su hijo no asista a Harvard, el señor Stamper (padre de Bud) presenta a su hijo la opción de sacarse las ganas con la chica más fácil de la secundaria y dejar atrás a su casta -pero deseosa de ser corrompida- novia.
En unos pocos minutos de película, Bud se convence de tomar la "vía" rápida -la chica fácil- y Deanie sufre un colapso nervioso que la obliga a ser encerrada en una institución mental por un puñado de años. Nunca entedí del todo la docilidad moral de Deanie -venga, era más fácil entregarse que terminar volviéndose loca- y Bud me pareció excesivamente influenciable y conservador -valía acostarse con la muchacha veloz, pero desvestir a Deanie era deshonrarla-.

Previsbile o no, el final dista de ser feliz para la pareja: Bud vuelto al rancho con una nueva mujer e hijos, Deanie pronta a casarse con un ex compañero del internado. Sin embargo, gozarán del privilegio de permanecer, uno en el recuerdo del otro y viceversa, con la frescura de un amor inconcluso, añorado, perdido. Aquello que no pudo ser tendrá, necesariamente, esa fuerza.
Aunque nada pueda devolvernos la hora de esplendor en la hierba. Buenas noches.


*Splendor in the grass, Elia Kazan, 1961.

martes, septiembre 21, 2010

Me extraña araña

El relato que uno hace de sí mismo frente a terceros es lo más parecido a aquello que se entiende por Historia Oficial. Todos somos historiadores oficiales de la propia existencia en algún momento de nuestras vidas. A la hora de conocer a alguien, de presentarnos, de explicar el porqué de una situación recurrente.

Usualmente, el método de construcción de dicho relato ficcional consiste en la concatenación de anécdotas milimétricamente seleccionadas, omitidas y/o distorsionadas con el objeto de proveer una determinada imagen de sí que contemple el contexto y, por sobre todas las cosas, al interlocutor participante de dicho contexto. El registro en el cual se ubiquen las anécdotas autorreferenciales dependerá, en mayor medida, de los efectos que el locutor se proponga obtener sobre los destinatarios del relato, efectos que siempre se verán asediados por los matices de una comunicación imperfecta o por el buen juicio de un interlocutor astuto a la hora de reconocer la artimaña.

Otras veces, seremos nous-mêmes los autores y receptores de dicho relato, tratando arduamente de deglutir la e-true-hollywood-story que supimos construir sobre nuestro pasado reciente. Ahí, señores, ahí nos enfrentaremos a la difícil tarea de juzgar la propia experiencia, viéndonos siempre tentados a desmentir aquello que se nos presenta, simplemente porque la lente revisionista habilita nuevas perspectivas o, más bien, las demanda. "Eso no fue tan así", "en realidad no estaba tan... si pienso en esa vez que...". Y nos contaremos un cuento en el que la secuencia anecdótica A, B, C será reemplazada por i, ii, iii, y así sucesivamente, según la visión sobre el hecho que mejor nos siente. El caso es que, ya se trate de un interlocutor externo, de nosotros mismos o de la almohada, contar una historia es, concretamente, lo más parecido a vender un producto. El packaging y la etiqueta enseñan parte de los ingredientes que lo componen y apelan a la seducción del consumidor mientras que, una vez consumido, el aftertaste se revela algo amargo, metálico y los restos de almendra parecen más bien ser de maní.

Omitimos imágenes que, a la larga, saltan cual diapositiva mal encajada, revelándonos la futilidad del relato. Creemos que algunos episodios de la primera infancia o de la adolescencia tienen un destino irreversible y, sin embargo, tratamos de ocultarlos con esmero. Nada grave, sólo pequeñas cosas que necesitamos dejar de lado para avanzar en la trama. Borrarlas con la sutileza de un orfebre, para encontrarnos, de repente, haciendo cosas que nos remiten a ese pasado borrascoso. La gestualidad del cuerpo nos delata cada vez que perdemos la calma.

Otrora grandes arquitectos de producto, bien sabemos que somos ahí donde no construímos.

lunes, agosto 23, 2010

Inception*

Si tan sólo Platón hubiese conocido la inception...

"Lo haré, pero no sé de dónde sacar la audacia ni cómo encontrar las palabras que necesito para expresarme; trataré de persuadir primero a los gobernantes y a los guerreros, y después al resto de los ciudadanos, de que toda la educación e instrucción que han recibido de nosotros y cuyos efectos han creído sentir no era otra cosa que un sueño y que en realidad han sido formados y educados en el seno de la tierra, ellos, sus armas y todo cuanto les pertenece, y que después de haberlos enteramente formado, la tierra, su madre, los ha dado a luz, por lo que ahora deben considerar la tierra que habitan como su madre y nodriza y defenderla si alguien la ataca, y considerar también a los demás ciudadanos como hermanos que han surgido, a semejanza de ellos, del seno de la tierra". Platón, Libro III de La República.

Bendita yo si pudiera hacerme de esas artes, de repente lograr implantarte la idea de que lo que viviste hasta ahora no era otra cosa que un sueño y que naciste de mí, para ser parte de mí. De la costilla al hombre y no al revés.
Entonces, ahí, tal vez pudiera convencerte de que el origen de tu origen me pertenece de algún modo. Te inventé para no ser yo nada más que yo, toda la vida.


Buenas noches.

*Alusión al título del último filme de Christopher Nolan.

miércoles, marzo 10, 2010

Not under my skin

La vida que se pierde
a cada minuto está
en el desagüe de la bañadera.
Un cúmulo de pelos
células muertas
en una cuestión de segundos
todo se regenera
sos el mismo
pero tan nuevo
tan distinto
un cuerpo sin memoria
listo para ser barrido
por la primera ducha de la mañana.


Hace un largo tiempo, leí en una revista que, con el primer baño de la mañana (¿o era, acaso, con todos los baños?), dejábamos atrás la capa exterior de células que nos había acompañado hasta el momento.
De esta manera, podríamos afirmar que la caricia o el beso recibido el día anterior -si suave- no guarda registro en nuestra piel al día siguiente. Es un completo desconocido. Mi bien amado Frank S. diría que, en lugar de que las cosas estén a flor de piel, lo mejor sería llevarlas bajo la misma. Tenerlas bajo la misma. Convengamos, entonces, que aquello que se encuentra apenas por encima de nuestra piel, nos abandona en el primer lavado, se desvanece. "Polvo eres...".
Siendo lo que se porta sobre el exterior de la epidermis, el grueso de las veces, doloroso e incómodo, a nadie le gustaría ir dejando rastros de eso que está a-flor-de-piel por donde quiera que vaya, tal como suele ocurrir al pelarnos tras una gran quemadura solar. Mas, si se tratase, acaso, de algo feliz, nadie quisiera perderlo luego de una ducha o exfoliación estética.
Llegado el momento, se optaría por encontrar la forma de trasladar lo que se lleva sobre las capas superficiales a las capas más profundas y resguardarlo de los efectos adversos de la limpieza. Grato sería esto de remitirse a los recuerdos felices, pero, extremadamente inconveniente, en el caso de los dolorosos.
Es entonces que me pregunto cuál sería la maldita fórmula de Frank para resolver el problema, cuando todo lo que llevamos bajo la piel nos paraliza y, lo que no queremos dejar ir, en una caricia de agua, se nos escapa.

viernes, diciembre 18, 2009

Otra vez, nos saludamos

A M.M.K.

Pasó algo de tiempo ya. Más de un mes. No pude escribir antes, no pude entender por qué. A veces, hay parasiempres o nuncamases más difíciles de asimilar que otros. Quizás, eso que no nos sorprendía sí nos sorprende en el fondo. O, por ahí, simplemente, se trata de no poder conciliar el dolor asociado a determinadas certezas.
Donde sea que deambules, espero que estés bien. Debo confesarte que entre todas las nietas no pudimos acercarnos ni un poco a tu belleza, menos a tu generosidad ni mucho, muchísimo, menos a tus habilidades culinarias (aunque hay una que promete). Qué se le va a hacer, de perfectibles a casi perfectos, hay un largo trecho.
Te saludo, entonces, otra vez. Como esas ocasiones en las que uno se está despidiendo y, sin querer, da dos besos a la misma persona. Sé que ya te había saludado, sí. Pero, a veces, pareciera que nunca es suficiente.



domingo, diciembre 06, 2009

Fe de erratas

Cumpleaños a tí, gros plus gros.

Alguna vez, hace ya cerca de un año, escribí un post en el que me refería a Marco Antonio Solís como un
one-hit-wonder. Unos varios meses después, el domingo de 11 de octubre del año que corre, el azar me llevó a comprender que estaba equivocada. Aquel día, el zapping televisivo de una mano amiga nos encontró frente a un no muy viejo recital de M.A. en quiénsabedónde, respaldado por una orquesta de grandes dimensiones. "A la pipeta", pensé. "Esto no lo hace un one-hit-wonder cualquiera". Nos detuvimos frente a la pantalla por unos cuarenta minutos, casi hipnotizadas. Cada canción iba precedida de un gemido exclamatorio cual burbuja de aire que estalla en agua hirviendo. Tal vez fuera el pelo, el cuello de camisa semiabierto, aquel aceite suntuoso con el que su voz acariciaba nuestros cuerpos. Un claro magnetismo probablemente asociado a la alteridad, la transgresión respecto de aquel rictus musical que muchas veces nos hizo sentir "bien entendidas". No existe pose alguna que pueda resistir al intérprete de Si no te hubieras ido, Mi primavera y Tu cárcel -cortes de gran difusión en versiones a cargo de otros artistas- .

M.A. es a prueba de buenas costumbres. Sucio y adictivo, como todos aquellos placeres que han de ocurrir a escondidas.


"
Hoy te voy a fallar,/me vas a perdonar/ no poder complacerte/ Me voy lejos de aquí/ ya te lo prometí/ y no volveré a verte/ Pero no, por favor/ No me pidas, por Dios/ que pretenda olvidarte/ Si no sé como entró/ tu presencia en mi ser,/ como voy a sacarte"*. Buenas trasnoches.


*Marco Antonio Solís, Mi mayor sacrificio.

jueves, septiembre 10, 2009

Una pierna sobre la mesa

Al hombre más cómicamente lindo de mi mundo.

Una tarde de domingo, hace algo así como cuatro años, me topé con una sección del suplemento Radar del diario Página/12 que se titulaba "Lo que sabe..." y era asignada a un personaje célebre distinto cada domingo. Muchas veces, se elegían fragmentos de alguna autobiografía, anécdotas, etc.

Aquel domingo 21 de agosto de 2005, fue el turno de China Zorrilla¹. En este caso, se habían elegido fragmentos de una entrevista radial en la que Zorrilla versaba sobre diversos tópicos, los cuales iban desde la vocación hasta el dinero, pasando también por el amor y la muerte. Llegado el momento de hablar sobre el amor, China decía lo siguiente:

"Yo estaba de novia con un hombre muy encantador, y me iba a casar con él, y de golpe me di cuenta de que si me casaba con él iba a dejar de hacer teatro. Por cómo era él, y cómo era su familia, un poco a la antigua, cuando yo hacía un espectáculo a ellos no les gustaba, y rompí. Fue una decisión sensata. Yo no veía mi futuro sacándome el oxígeno de la vida y rompí, y después me enamoré. Y esa vez yo hubiera dejado el teatro, y un brazo y una pierna sobre la mesa con tal de casarme con él. Pero murió. De esto han pasado cuarenta años. Me enamoré muchas veces más, pero como con él no. Yo no soy fisiquera, pero él era el hombre más lindo del mundo. Era cómico de lindo".

Después de leer esa parte, no pude evitar la angustia de imaginar ese amor interrumpido; las renuncias posibles que, finalmente, no tuvieron lugar y resonaban aún después de cuarenta años. Yo tenía unos cortísimos veinte años de edad y, al igual que Media Verónica², apenas podía distinguir el amor de cualquier sentimiento. Supe, en ese mismo instante, que había encontrado una suerte de fórmula mágica para disipar mis dudas: el teorema de Zorrilla. Lejos de los modernos miedos a lo autodestructivo del amor, el teorema de Zorrilla me decía que estar enamorada equivalía a ser capaz de dejar sobre la mesa todo aquello que hiciera falta dejar con tal de estar junto al ser amado.

Cuatro años mas tarde, celebro el año y días de destrucción amorosa que cargo sobre los hombros. No he dejado brazos ni piernas sobre la mesa, pero sí que he perdido la cabeza. Buenas tardes.


¹ http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/6-2456-2005-08-22.html
² Andrés Calamaro.

lunes, agosto 31, 2009

A streetcar named...

Blanche: What you are talking about is desire - just brutal Desire. The name of that rattle-trap streetcar that bangs through the Quarter, up one old narrow street and down another.
Stella: Haven't you ever ridden on that streetcar?
Blanche: It brought me here. Where I'm not wanted and where I'm ashamed to be¹.


Siempre me gustaron las mujeres rotas. Ahí, donde no había principio de realidad ni punto de equilibrio.
Siempre me gustó Blanche. Inventándose el flirteo y la admiración de los amables extraños. Desdeñando al deseo, el leitmotiv de su tránsito por un mundo cruel y poco afecto a las ilusiones. I don't want realism. I want magic! Donde no la hallase, la inventaría. Yes, yes, magic. I try to give that to people. I do misrepresent things. I don't tell truths. I tell what ought to be truth².
Pura ninfomanía o la esperanza de redención en el hacer, de la precoz pasión de los jóvenes, una fuente de juventud.
La muerte en la esquina de una habitación. La ruta trazada por un tranvía llamado Deseo.
"No quiero realismo. ¡Quiero magia! Sí, sí, magia. Trato de darle eso a la gente. Sí distorsiono las cosas. No digo verdades. Digo lo que debería ser verdad"³.

Buenas tardes.

¹Fragmento de A streetcar named Desire, Tennessee Williams.
²Ídem.
³Ídem.

viernes, agosto 14, 2009

One of these days these boots ...

"... are gonna walk all over you".
Nancy Sinatra, This boots are made for walking.

F me cuenta sobre sus tan anheladas botas nuevas. "Al fin", dice. Le pregunto cómo son. Describe al par de una forma que se me hace agua la boca y cuenta que se las compró en Mishka. Dice que también reservó otro par, pero que está pensándolo bien porque entre los dos pares se le hace un dineral. "Sos una guacha", le digo. Luego procedo a hacer mención a sus compras, esporádicas, pero de costos excesivamente altos. Se ríe. Dice que estaban en rebaja, que no son baratas, pero podrían ser más caras. Entre los dos pares rasguñaría los mil pesos. Agrega, "después me tengo que ir a San Bernardo de vacaciones... pero buen, tengo lindas botas". Buenas noches.

jueves, julio 23, 2009

Big(ass) Day

Lo hice. De una vez. Lo hice. V me miró y preguntó cuándo me iba a decidir a hacerlo. Alegué que esperaba hacerlo con la llegada del verano. Luego de unos fugaces segundos de meditación le dije, "te la entrego, V". "No duele", me dijo. "Hay cosas que duelen más...", dije yo. "Como el cavado", completó. Luego puse las manos en mis nalgas, separándolas. Y así, de cuatro tirones, mientras le contaba a V que iba a cumplir veinticuatro y ella me decía que parecía mucho más chica, quedé lista para un hilo dental. Buenas tardes.

lunes, mayo 18, 2009

LOBO

“Tanto arte me vomitó encima”, dijo el lobo. Mas el lobo calló. Calló las veces que el arte lo devoró. Pues, verán, no está bien visto que al lobo lo devoren. Él come, él peca, él hinca dientes hambrientos en cuerpos inertes. Pero al lobo no lo devoran.
En todo caso, otro lobo le vomita encima. Le vomita césped triturado, deglutido con restos humanos. Y entonces el lobo se pregunta, “¿a quién pertenecieron los restos?”.
“¿Habrán pertenecido, tal vez, a la joven de muslos perlados que observé desde la niñez, con el sólo objeto de echarle un bocado? Si es así, hermano lobo, te reto a duelo. Has devorado el único objeto de mis noches de plenilunio, el aullido de las doce en cada pernoctada. Yo la amé y la quise mía. La quise mía entre los dientes, entre las garras. Seguí su desfile por los bosques, sus piernas de gacela. Admiré la belleza de su tez lozana entre madreselvas. La vi reposar bajo los árboles en tormentas de verano. Su piel, su blanca piel, tan igualita a mi luna.
Aullé, hermano lobo. Aullé y canté por ella. Lloré por mi condición de fiera, mi tan inútil capacidad de amarla sin romperla. Sin corromperla. Su voz tan dulce apabullando mi aguda desolación. Poseerla. Poseerla y quitarle la vida, sin más. Mi pasión desgarrándola, hasta desaparecerla.
Hermano lobo, fui cobarde y valiente. Su desaparición me auguraba un grato consuelo, ya no la vería. Sutil cobardía. Pero elegí el coraje de saberla libre, viva, nunca mía. Hoy, de un zarpazo has desvirgado el sueño. Rasgaste sus faldas rojas, bebiste su sangre roja. Probaste el inmenso sabor de su carne. Dime, hermano lobo, ¿has hecho una reverencia? Sagrada fue en mis venas, ¿acaso brindaste por ella? Vamos, he de matarte poco a poco. Comiéndote, lamiéndote y, quizás esta noche, la devuelva entera”.
Así, el lobo venga el arrebato. Venga también la suerte de quienes se le adelantaron. En un acto de inspirada creación se retuerce de dolor. Ha comido hasta saciarse. La arcada final; y de su boca brota, sin cauce ni caudal, el amor como un río.

domingo, mayo 17, 2009

Mar - Río

A Santa Lucía del Este,
donde el mar es un río...

1.
Un mar
tan rioplatense
un río
que quiere ser mar

nunca mío
sólo un mar
sin color
más que tierra
más que río

un azul verdoso
de mar
que quiere
dejar de ser río


2.
rompientes
escolleras
mutilan al río
que quiso ser mar

se pierde en el paso

la frescura
las dulces aguas
el libre correr

de ese mar
que quiso

verse frío
inmenso, mas no
permite
que lo nade

y ruge que
aunque me desnude
jamás volverá a ser río.

martes, abril 07, 2009

Merluza

1. f. Pez teleósteo marino, anacanto, de cuerpo simétrico, con la primera aleta dorsal corta y la segunda larga, tanto como la anal. Alcanza hasta un metro de longitud y es muy apreciado por su carne. Abunda en las costas de España.
2. f. coloq. Embriaguez, borrachera.


Existe, a veces, una pequeña espina. Un día comemos merluza a la romana y, en un bocado mal masticado, una espina se escapa del filtro de nuestros dientes para instalarse en el delicado conducto de nuestra faringe. Bien sabemos que nadie se muere por una espinita atravesada en la garganta. En las debidas proporciones, el agua que beberemos para deshacernos de la molestia, la arrastrará a lo largo de los órganos que componen el sistema digestivo hasta expulsarla por completo de nuestro organismo. A veces, el destino de la pobre estará allí cuando se tope con el poder de los solventes jugos gástricos. Otras, su cadáver permanecerá oculto al interior de alguna hez, condenado al amargo sabor del anonimato.
Luego del mal trago, todavía algo sensibles y asustados, masticaremos minuciosamente -a modo de prevención- uno y cada uno de los bocados que ingresen a nuestra cavidad bucal. Bastará dejar pasar los días para que la sensación de la punción desaparezca en su totalidad. Creyéndonos absolutamente curados, perderemos nuevamente el miedo a las espinas. La pérdida del miedo se verá acompañada por una política de laissez-faire en materia de masticación, y una reincorporación de la merluza a nuestra dieta cotidiana.
La vida marchará sobre rieles hasta que, un día, en el curso de una cena ordinaria, volveremos a sentir el agudísimo filo de una espina contra la pared anterior de nuestra faringe. Abogaremos, desde ese entonces, por la inutilidad de toda prevención.
Existirá, siempre, esa pequeña espina. Buenas tardes.


martes, marzo 17, 2009

La consigna

"Funciono bajo consigna".


La directriz. Esa línea. Ese orden. Admirar a quienes logran volverse tutores de sí mismos. Ser de los que necesitan GPS. O el cachetazo de Glenn Ford.
Atada a la eterna indecisión; la dubitación permanente y sistemática. Histérica.
No nací para entrepreneur. No. Nací para relación de dependencia.

Buenas noches.

lunes, febrero 09, 2009

Noviembre primero

Donde esté, donde me tenga.

En la cama, como solíamos. Era tarde. Tarde para estar en la cama, todavía. Y había sido ayer, que Michael Stipe hablaba de cómo todos nos lastimamos. A veces. Sobre los hombros de quien me infligiera una de las penas más profundas de mi exigua existencia, veía el conjunto de luces bailando bajo mis narices. Allí estaba, por encima de todos los feligreses. Ofrecida. Como en una misa del Harlem, el pelado era una suerte de líder gospelliano destinado a exorcizar el fantasma del dolor. Extirparlo para siempre de mi cuerpo, recordándome que este no era condición de unicidad; y yo, tan sólo una más de todos aquellos que duelen, a veces.

Con el correr de los días, la angustia se volvió esporádica. Subrepticia, me acosaba en momentos puntuales. Llegué a creer que el hechizo de Mike no había surtido efecto. Tardé un largo tiempo en comprender que todo duele, cuando no estás.

Buenas trasnoches.

miércoles, diciembre 17, 2008

The girl in-between

Luisa (Maribel Verdú) selecciona una canción en la rockola. El one-hit-wonder Marco Antonio Solís suena en el barsucho de mala muerte, convirtiéndolo, nota a nota, en un paraíso orgiástico. Arqueando sus caderas de lado a lado al compás de la música, la mujer-serpiente, fruta-prohibida, invita a Julio (Gael García Bernal) y Tenoch (Diego Luna) a bailar a su lado. Los jóvenes de hormonas recalcitrantes se prenden al cuerpo danzante de Luisa como pan de sandwich, uno a cada lado. En la escena siguiente, los tres se encuentran en la habitación en la que se hospedan. Tenoch comienza a besar a Luisa, mientras Julio los observa, sentado en la cama. Sin separar sus bocas, los primeros se acercan a la cama, y Julio se une al juego. Nuevamente, Luisa se interpone entre ambos. La rodean. Respiran en su nuca. La besan. Sin detener el juego, la mujer disputada a lo largo del film, se sale de la coreogorafía tríptica (sale hacia abajo de cuadro, agachándose, bajando, para masturbar a ambos al mismo tiempo) dejando a Julio y Tenoch frente a frente. Los amigos se miran, y comienzan a besarse. El resto es historia. La película es olvidable, pero aquel final homoerótico sirve de puerta a una idea que me aqueja hace un tiempo (sí, porque el no poder plasmar una idea es lo más parecido a una contracción pre-parto).
Amigos carne y uña, culo y calzón, almas gemelas, y la mujer del medio. Almas gemelas, tan igualitas que no pueden sino desear a la misma mujer. Mujer que se parece más bien a ese desecho de células que se interponen entre la uña y la carne, a la pelusa entre el culo y el calzón. Mujer que está en el medio, porque siempre ha de haber algo en el medio de lo que no puede -o no debe- estar junto.
Los esquemas de esta relación tríptica suelen diferir en cada caso particular. Muchas veces se presenta como la ocasión de concretar aquello que el amigo no pudo, de transitar el mismo camino, de estar donde estuvo. Cierto mimetismo, cierto volverse uno en un contacto indirecto o en la concreción de la obra incompleta del otro. Porque aquella mujer no sería objeto de deseo si antes no hubiera sido objeto del otro. Y es el mismo acto de ser deseada por el par, aquello que la vuelve deseable. Pasa, entonces, el goce, por el roce con el cuerpo que fuera ya rozado y resignificado así por el otro.
La barrera. Moral, social. La mujer compartida, disputada, representa la extensión de un cuerpo que no puede -no debe- ser tocado. La verdadera fruta prohibida, el verdadero cuerpo prohibido, no es el de la mujer-del-amigo, sino el del amigo mismo. Si, en cualquiera de estos casos, sacáramos del medio a la Luisa en cuestión, Tenoch y Julio terminarían cogiendo. Y, el resto, es historia.

Buenas tardes.

martes, diciembre 02, 2008

Funny Face*

L. dice que necesita recuperar su cinismo y, entonces, me visita. Nos sentamos en el living. Revuelve dentro de su cartera y saca dos o tres películas que acaba de adquirir gracias al copiado pirata en serie (que ahora ha sido terciarizado, e incluye entrega a domicilio). Hay cuatro opciones. Al ser interpelada, las reduzco a dos. Hannah y sus hermanas, o La Cenicienta en París. Sé que prefiero la de Allen, pero aún así dejo que L. me cuente de qué trata la otra. "Es con Audrey, bla....". Ilusa, me la confundo con esa película de Audrey Hepburn en la que trabaja Gregory Peck, donde ella es una princesa europea que quiere conocer el mundo tal cual es, y el es un periodista norteamericano que se encarga de mostrarselo a la -siempre sobrevaluada- manera americana. Si hubiera hecho un pequeñísimo esfuerzo mental, tal vez me habría ahorrado el mal trago, recordando a tiempo que aquella película transcurría en Roma y no en París. Mas no.
Comienza la película y noto que el technicolor escandaloso que ostenta no es el adorable blanquinegro de Roman Holiday. "Evidentemente, es otra película", me digo. Lo cual confirmo frente a la ausencia del señor Peck en los títulos iniciales. Todavía no me había asustado del todo, hasta el momento en que, a los cinco minutos de haber empezado la película, hay un número musical. Detesto los musicales. Tolero algunos (Laberinto, por encima de cualquiera). L. festeja, ama los musicales. Escena siguiente, aparece en cuadro un ya cincuentón Fred Astaire. Eso me basta para dictaminar que la película será muy mala, y decido acurrucarme en el sillón para dormitar un rato. Antes de que empiece a conciliar el sueño, aparece Audrey. Y canta. Muy mal, canta. "No entiendo por qué no la doblaron, como hiceron en Mi Bella Dama", objeto, entrecerrando los ojos. Es sabido que Audrey era divina pero cantaba para el culo. En fin. Sin ganas de luchar contra la gravedad de mis párpados para apreciar ese bodrio, me duermo. Para ese entonces, L. también había notado que la película era decadente, y decide pararla para hacerse un café. Me despierto, y ella me avisa que va a pausarla un rato. Acuso un sueño terrible, para disculparme por la breve siesta. "No te preocupes, amiga, no te perdiste nada. No la paremos, mejor. Nos vamos a la cocina a tomar un café, y la dejamos correr...". La culpa de dejar una película por la mitad. Cuando volvemos, Fred está bailando con una manta roja en las manos. "No entiendo, porque baila como torero si está en París...", señalo. Hubo una época donde Encarta no llegaba a los estudios hollywoodenses. Finalmente, después de soportar los cuarenta minutos restantes, los vemos a Audrey -librera devenida en modelo- y a Fred -fotógrafo-de-modas ultramujeriego devenido en hombre-enamorado-de-una-intelectual- partiendo en una pequeña balsa, por un arroyo que bordea los jardines de un castillo medieval. La postal es edulcorada como el resto de la película, y con L. nos alegramos de que la tortura haya llegado a su fin.
A veces pienso, que si Fred Astaire no hubiera existido, nos habríamos librado de toda esa cadena de números de baile que hoy termina en las ensalzadas coreografías de Justin Timberlake. Y que, si Audrey tampoco hubiera existido (aunque la quiero un poco más que a Fred), Holly Golightly seguiría siendo tan genial y promiscua como lo fue en mi cabeza. Buenas tardes.

*Título original de La Cenicienta en París, Stanley Donen, 1957.

viernes, noviembre 21, 2008

Though I never laid a hand on you

My eyes adored you. Frankie Valli.
O tal vez te puse varias. O es que ya ni me acuerdo.
Romper todo, siempre. Echándole las garras encima.
Resistirse a creer que las propias manos todo lo deshacen. Que no vuelven oro todo lo que tocan. Y que, probablemente, nada llegue entero a nuestros brazos.
De qué vale recomponer lo que se descompone. Por qué no, terminar de desaparecerlo.
Y si no es enteramente nuestro, ya nunca más será de otro.
Buenos días.

lunes, noviembre 03, 2008

Adorable viejo post

Día de té con Lau. No pude evitar recordar una de esas historias que nos rodean cada vez que estamos juntas. He aquí un viejo post de septiembre de 2007, sobre aquella anécdota.


Profundidad de pelopincho

Calor. Calor y humedad. Tropicalísima. Parrot jungle, rainforest. El domingo a la tarde invita a reclusión a todos aquellos que alguna vez fueron heridos de muerte al corazón. De no ser así, si resultara que por uno de esos locos atropellos del destino, el/la valiente en cuestión, osase atravesar el umbral del tibio (caldeado) refugio hogareño, el magnetismo de lo que -de aquí en adelante- denominaré "fuerzas del plan contranatura" malversaría aquel poquitísimo de fe que depositó en el intento de diversificar la recreación dominical. Fines pedagógicos ameritan el aporte enriquecedor de un ejemplo. Con el propósito de colorear con una cuota de actualidad el planteo, procederé a exponer una escena de la que fui testigo, involuntaria, pero atenta al fin. Veamos.
Café sito en Agüero y Las Heras. Mesas al exterior. El sol está rosado, por qué no sentarse al sol. Ella -bien parecida, largos cabellos de oscuro ébano, piel entre Blancanieves y Lindsay Lohann- después de observar el panorama, opta por una mesa para cuatro en la que sólo hay dos sillas. Toma asiento y saca un libro de su bolso de mano. Está contenta, deja traslucir esa placidez de la lectura al aire libre, al rayo de un suave sol de septiembre. No hay viento que despeine esas hojas, ni zumbidos molestos que hagan de la concentración una utopía. Lisa y llanamente, un domingo feliz, un feliz domingo. La soledad es un estado interior, pocas veces perceptible para el entorno, que se entrega a las almas sensibles en tardes de domingo. Pero siempre existe un vándalo dispuesto a irrumpir en esa isla desierta, dejando en evidencia al adorable ser, exhibiendo la soledad al mundo en su acepción más ordinaria, más indigna. Y los vándalos son vándalos como sea, aun así se trate de un aparentemente inofensivo octogenario de blancas sienes, preguntándole a la bella señorita si va a precisar esa -la única- silla que tiene enfrente, bloqueando de ese modo todo posible giro copernicano de la trama en el cual un apuesto jóven que se encontrara paseando sin rumbos por esos vados decidiera espontáneamente hacerle compañía a la dama en su ritual. No. El maléfico señor de la camisa a cuadros y los cabellos blancos, no cree que eso esté dentro del reino de lo posible, y ante la aprobación de la señorita, toma la silla de un saque como para demostrarle que él y los suyos son tantos que ni las sillas les alcanzan. Inhumanos. Apenas retirado el señor, la camarera se acerca a la mesa y entrega a la dama su pedido. Un nesquick en vaso alto (!?). "Hay que tener ganas de tomarse el nesquick".Hágame caso. Sólo por hoy. Quédese en casa. Buenas noches.

viernes, octubre 31, 2008

YO, OFELIA

Mi príncipe. Mi dulce, dulce príncipe. Has dado una espalda, yo te daré dos.
Las aguas, el manantial de un tiempo que nos desborda. Quiero bañarme en los despojos de tu reino. ¿Será posible ahogarme en la tierra de tus venganzas?
Me cubre el odio cristalino, en una odisea de espejos. Y, de repente, soy mil veces tu cólera, tu desprecio multiplicado. Aborrezco a tu madre, amo a tu padre. Muero, muero de sed.
Las manos hermanas hunden mi cabeza, dejo de ser hija por las tuyas.
Me rodea, tan azul, el veneno de la sangre. De esta agua no he de beber. No correrá por mí el sabor de tus recelos, el incesto de tu carne.
Desciendo a los infiernos de una locura condenable. El tesoro perdido ya no yace en el fondo. Allá no volveré a ser hija, allá jamás seré madre. Seré Ofelia. La que estalla entre la calma del duelo, irascible; la que te recuerda que existe un río de causas que no vuelven, un amor olvidable hasta la muerte.
Por fin, haré de nuestras almas esas almas que se acusan, se niegan, se despliegan para darse un nombre. Tendrás un rostro como el mío, ajado por la humedad del deseo. Perdida, me darás por eterna, irrenunciable.
Abriré las puertas de un paraíso insano, insoportable, donde pueda tocarme tu mano, que ahora es mía, que ahora es tuya, que ahora es aire. Donde pueda perder el velo de la cordura, desnudar la memoria.
Mientras, caigo por la herida que te dará la vida más allá de la vida. Hombre, hombre al fin, te alcanzaré en el sueño. Has visto un fantasma, ahora verás dos.
(Noviembre, 2006)

martes, octubre 28, 2008

Y a sus plantas rendido un león...

A M., mi mentor en el arte de urgar en las zonas oscuras.
Agazapada entre los pastizales, a la espera de la señal para atacar su cuello. "Porque sos un leoncito", me dice. Haciendo caso omiso a la señal, me río, esquivo la mirada. "Porque soy un leoncito...", repito, mirando a través de la ventanilla, mientras atravesamos el túnel de Cabildo. Bajo el suelo que nos vuelve urbanos y civilizados, se encuentra el terreno de ese origen animal que alimenta las pasiones, los instintos.
Me pregunto, entonces, qué clase de leoncito deja ir a su presa, cuando lo que está en juego es la provisión de alimento a su ego endeble y desnutrido.
Error, pequeña bestia ególatra. Dejar morir de hambre al animal es condenarlo a su extinción, bloquear las posibilidades de su reproducción. Error, leoncito. Dejar morir de hambre al animal es la pena eterna de anhelar, inútilmente, el sabor de la carne.

Buenas tardes.

lunes, octubre 06, 2008

Sinnombre

No quisiera uno escribir lo que no ha sido escrito, por no hacerlo aparecer. No quisiera uno nombrar lo que no ha sido nombrado, por no hacerlo existir. El velo de la inocuidad. No hay fantasma capaz de hacernos daño mientras mantenga su caracter espectral, inasible, latente. Mas no conseguiremos un fantasma sin un cadáver, ni tampoco un cadáver sin nombre. Buenas noches.

jueves, septiembre 11, 2008

El hambre II

Detrás de cada víctima, hay una concatenación de hechos fortuitos que la llevaron a convertirse en víctima. Detrás de cada amante, hay una concatenación de hechos fortuitos que lo llevaron a convertirse en amante. Y si fuera posible señalar, en cada uno de ellos, las coordenadas espacio-temporales del momento exacto en que fuera inscripto en el trazo de su recorrido aquel inevitable destino, hallaríamos, tal vez, la forma de modificar su acontecer en el futuro. Anticiparlos, prevenirlos, advertirlos. La incertidumbre del pronóstico, de los daños plausibles de ser evitados, de los tiempos no-vividos que merecen -o no- llegar a término. Así, como el despertarse una mañana esperando que la muela que dolía anoche no sea producto de los dulces que comimos a lo largo de nuestra vida, sabiendo con total certeza que, aún siendo advertidos del dolor acuciante que habríamos de sufrir en el futuro, los hubieramos comido igual. Buenas tardes.

martes, septiembre 02, 2008

Falta y resto

A los viajantes de fin de semana.
Siempre falta algo. De eso se trata la vida. De la no plenitud. La carencia encarna ese resto de vida que nos queda por vivir. Metas a corto plazo, vacíos que buscan ser llenados de manera tal que nunca estén llenos del todo. Nadie quiere morirse tan rápido.
Sin embargo, la experiencia suele nutrirse de pequeñas muertes. Un éxtasis intransferible. La gota que colma el vaso hasta hacerlo rebalsar, para luego dejarlo nuevamente incompleto. Ese momento en que nos encontramos dispuestos a entregarnos al definitivo encuentro de la Totalidad, sin ofrecer resistencia.

Alcanza con un par de horas, para morir mil veces. Buenas noches.

martes, agosto 19, 2008

Fuese

Pintaba saliéndome de los márgenes, pero recortaba sobre la línea punteada con la precisión de un cirujano. Cut here. Aunque, a veces, no sea tiempo de. Lo que duele, más vale sea de sopetón. Como el tirón de la cera, como los agujeritos de las orejas, como la extracción de una muela.
Ahí, donde el cuerpo late, se aloja la memoria. Habitará en mí, el recuerdo de un golpe. Vivirá en mí, el dolor mutilado. Una memoria fraccionada. Un vacío sin origen. Y sin destino. Adiós.
Buenas trasnoches.

jueves, agosto 14, 2008

Monkey makes the world go round

Cuando pequeña, supe tener una mona de peluche. Mas bien, de una textura extraña, distinta del peluche. La mona parecía de trapo. Tenía un vestido rojo, creo. Rostro de plástico, casi un corazón invertido. En el centro, una nariz negra y ovalada cual aceituna. Evocándola en el recuerdo, ya ni sé porqué le decía "la mona". Sus rasgos distaban bastante de los reconocidos en la familia de los primates. Supongo que fueron mis padres quienes me convencieron de su origen simiesco. En fin.
A los dos años de edad, lugar al que iba, allí llevaba a mi mona. La arrastraba por toda reunión familiar desde City Bell a Bahía Blanca. Su sola presencia, colgando de mi mano, me tranquilizaba. A mi entender, eso era lo más parecido al amor. Para mis padres, un olvido tal como dejar la mona en el departamento cuando salíamos, podía significar una sordera irreversible. Una sordera ocasionada por el concierto de alaridos punzantes y desgarrados que comenzaba ni bien percibía el descuido. Gritos de dolor, gritos de soledad. Mas no siempre notaba la falta de mi mona. Si la corte presente en la reunión era lo suficientemente carismática como para entretenerme durante toda la velada, su ausencia pasaba desapercibida. Sin embargo, bastaba con que alguno de los boludos asitentes al encuentro ignorara las miles de muecas preventivas en las que se deshacían mis padres, y me preguntase por "la mona", para que yo también empezase a preguntarme por ella. El resto era historia. Un llanto desconsolado y la promesa de no volver a perdonar el olvido, seguidos de una cara de culo inmutable.
Así de fuerte era aquello que nos unía. Hasta que un día, casi sin darme cuenta, la empecé a guardar en el fondo del baúl de mis juguetes, y nunca más me acompañó a un evento.
Hace un par de días, sufrí la partida -temporaria- de alguien que bien podría ser el equivalente a mi mona en los tiempos que corren. Dos días después, en el medio de una fiesta, no hicieron más que preguntarme por ella, y mi mundo colapsó de repente. Desprendiose mi presencia de todo sentido frente a su ausencia. Pero esta vez, volver presurosa a casa, a su encuentro, no estaba dentro del margen de lo posible. El baúl está lejos, y todavía faltan unos meses para llegar al fondo. Buenas noches.

jueves, julio 31, 2008

Veintitrés



Lo que entra, lo que sale. El stock. El stock que no se vende, las acciones que bajan. No gusto de los balances, no. Es que, a fin de cuentas, es un año más. Uno año más, que pesa por lo que no se hizo antes. Cuánto se tuvo que esperar para, cuánto se tuvo que dejar para, y cuanto quedará después de ese "para...", el año siguiente. De haber llevado la contabilidad con rigurosa precisión, hubiérame declarado en bancarrota hace tiempo. En el fondo, un cierto goce en ser la que pierde, mas no abandona la empresa ni aún vencida.
Y de repente, un día, divisamos la oportunidad. O ni siquiera. La inventamos. Revestida del eterno anhelo de tirar todo por la borda e irse muy lejos -a la mierda, en lo posible-. Escudados detrás de la idea de que aquello "nos va a salvar" de la mísera existencia que nos ha tocado en suerte. Como si pudiera uno empezar de nuevo. Borrón y cuenta nueva. Sabe Dios, que ni la AFIP lo permitiría.
Y de repente, un día, dejamos de creer en esas cosas. Imbuídos por una pulsión nihilista, están quienes eligen definitivamente hacerse mierda, volviéndose polvo. No conformes con ser un montón de partículas alguna vez orgánicas, estamos quienes preferimos aferrarnos a lo mínimo con la esperanza de que, cuando nos toque inexorablemente ser polvo, podamos jactarnos de habernos echado unos cuantos.
Vivir de las pequeñas cosas no es mediocridad, sino "talento para la vida", según mi padre. Y cuando verdaderamente se aprende a disfrutarlas, el liliputiense que llevamos dentro hace que todo aquello parezca magnánimo.
Así se siente, tener veintitrés. Buenas tardes.

lunes, julio 21, 2008

Mme B.

Abandonar los brazos del hombre aburrido, caer en los del tramposo. Víctima de los encantos de un ofidio ponzoñoso, Mme B. cae. Cae y cree librarse, en la caída, del yugo de los deberes sociales que la sujetan a la rutina pueblerina. Una rutina que le queda chica. Un final predeciblemente triste, obvio.

Siglo y medio después, seguir tropezando con la misma piedra con la que tropezó la trágica heroína decimonónica. Frágil, sedientas de amor y un lugar en el mundo, volver la lengua viperina del conquistador en un canto gregoriano. Comprar, comprar, comprar. Olvidando que será el propio cuerpo el que se resienta en cada traspié. Que la marca que se inscriba, dolerá cada vez que se la roce. Que el placer se pierde, en manos del goce. Buenas noches.

domingo, junio 29, 2008

El hambre

El hambre es más, siempre más. Nunca come uno hasta saciarse. Miedo a agotar el deseo. Miedo a que comer nos sepa ya a nada. No come uno cuando se divierte mucho, no come uno cuando recién se enamora. No come uno cuando la vida sabe a demasiado, porque uno sabe tan poco, que teme perder el sabor de las cosas.
Y es así que no como en las fiestas en las que me divierto mucho, y me levanto al día siguiente, arrepintiéndome de no haber comido. Y es así que como mucho en las fiestas en las que no me divierto tanto, y me levanto al día siguiente, arrepintiéndome de haber ido.
Y es así como, a veces, simplemente no como porque la comida sabe mal, y poco sé de su procedencia.

No saber cuál. Cuál primero. Porque nos gustan todas, y para todas hay paladar y tiempo. Con él primer bocado, saber que hubiéramos preferido la otra. Dejar las cosas por la mitad, abalanzarse sobre la siguiente. Sin poder decidirnos, sentenciar que la tercera será la definitiva. No probaremos más. El dilema: volver a saborear lo conocido, o darle espacio a lo nuevo. Tradición, conservadurismo, nostalgia. En el último bocado, siempre volveremos a lo viejo. Aunque más no sea por despertar el recuerdo de la primera vez que se deshizo en nuestra boca. Buenas noches.

martes, junio 24, 2008

Cola de amor II

Géstase el amor, en las paradas de colectivo. No sé bien cuántas fueron. Pero en todas -o, casi-, lo noté. Caí en la cuenta. Hombres y mujeres. Compañeros de trabajo, de facultad, forzados a pasar no menos de diez o quince minutos esperando. Juntos. Parejas gestadas al calor de una espera pasatista. Conversaciones alimentadas por los rumores del contexto que los reúne, día tras día. Coqueteos, sí. Los que se adivinan en el lenguaje de los cuerpos. Ella se inclina hacia delante, sonríe; él, con un pie sobre el asfalto y otro sobre el cordón, mira al horizonte, canchero. Histeria, pura histeria. Exacerbada por la espera.
Y, cómo no. Cómo no morir un poco por quien vuelve inútil aquella espera, despojándola de su sentido último, al encontrarse uno no esperando más que ese tiempo en el que espera.
Desde arriba del colectivo, rogar que se maten. Que se devoren, ahí mismo. El colectivo va a llegar, y nadie se besa, por primera vez, en los bondis. Es una mersada.
Desafortunadamente, el grueso de aquellas sintonías -una vez llegado el encuentro de los cuerpos-, suele acabar en meras historias clandestinas. Romances paralelos, de segunda mano, que se terminan ni bien uno de los involucrados cambia su domicilio, y se ve obligado a tomar otra línea.

Blue moon, you saw me standing alone, without a dream in my heart, without a love of my own. Buenas trasnoches.

domingo, junio 08, 2008

De aquí a la eternidad





Jueves. "Burt Lancaster,... ¿existió de verdad?", preguntó. Y en las tripas, algo se me revolvió. La orilla, la ola, los cuerpos al sol. Rodando. Besándose, groseramente excomulgables. Rodando. Deborah, Deborah, pensé. It never suited ya.

Viernes. En los sótanos, en esa puerta vaivén. Que se abría, mostrándolas, con sus gestos condenables. No volvía a ese sótano desde aquel jueves. Lejano ya, casi olvidado. Unas horas de esos juegos en los que caigo siempre, en un kiosquito de mala muerte, que atrás -si mal no recuerdo- oficiaba de parrilla para los taxistas de la zona. Unas horas de esos jueguitos, y al rato estábamos en el escenario. Y la puerta vaivén. Que se abría. Y el miedo. Miedo a que me tiren de los pelos, porque nunca me habían tirado de los pelos. Y, gracias a Dios, nunca lo hicieron. Porque estábamos arriba del escenario, inalcanzables. Inmunes a todo aquello que tuviera los pies sobre la tierra. Éramos tan perfectas.
Esta vez, espaldas anchas custodiaban las tablas. Nadie bailaba sobre el escenario y nadie había cuando la puerta se abría. Estaba bien, porque todo estaba bien. Porque todo dejó de estar mal hace mucho. Aunque nunca haya vuelto a estar como estaba. Que aburrido es dejar de ser pendejas, pensé. No tener miedo a que te tiren de los pelos. Que aburrido es no tener archienemigos, rivales, envenenados de ganas de hacernos morder el polvo. Que aburrido es haber dejado de parecer perfectas, y que ya nadie se preocupe por corrernos de escena. Así de aburrido como vivir en un mundo donde la gente ya no sabe quién es Burt, y Lancaster es para ellos sólo una marca de cosméticos.

Rodando. Besándose. Burt, luego Deborah, luego Burt. Deborah, arriba, se lo come vivo, inclinada sobre su torso desnudo. Él, debajo, tirado sobre la arena mojada, acerca la cabeza de la infiel mujer hacia la suya con uno de sus brazos. Besándose, mientras el océano rompe sobre sus cuerpos. Y alguien pregunta si Burt existió. Por suerte existe M. que, antes de que me diera un patatuz, recordó a A., cómo y cuando, Burt se hizo definitivamente inolvidable. Suntuoso, arenoso, envuelto en una ola, revolcándose en la orilla. Como si alguien pudiera olvidarse de una pasión que necesita ser acallada por las heladas aguas del Pacífico. Como si alguien pudiera olvidarse de semejante revolcón... De aquí a la eternidad. Buenas noches.

miércoles, mayo 28, 2008

Bruce no es sólo para Jerry McGuire

Tarea para taller de escritura. Relato con flashback y flashforward. A los flashes... Buenas trasnoches.

Son las seis y media. Manuel pone el auto en marcha y emprende el viaje hacia las oficinas de la productora. En el trayecto, la voz de Bruce Springsteen suena a todo volumen. Manuel canta, grita. Fuera del auto, los peatones lo observan cada vez que se detiene ante un semáforo. El hombre es un espectáculo. Un espectáculo de mímica desenfrenada. Después de las primeras diez cuadras, al detenerse nuevamente en un semáforo, Manuel advierte la mirada de los observadores ocasionales.

A los diez años, mientras cursa quinto grado en el colegio San Juan Bautista del Lasalle, se despierta por primera vez en Manuel el miedo a las miradas intrusivas. Una mañana, después de haber pasado el mejor día de cumpleaños de su corta historia, habiéndose comido una torta entera de nuez y ralladura de limón, se levanta con un leve malestar. Ruega y suplica a su madre que lo deje quedarse en casa, pero es inútil. En el recreo de las nueve y cuarto, se sienta en una esquina del patio, lejos de todos sus compañeros. De a ratos, una puntada en su vientre alerta sobre la proximidad de una catástrofe. Manuel, asfixiado por un sofocón de calor, controla los espasmos presionando las rodillas sobre su abdomen, emulando una posición fetal que comienza ya a atraer las miradas del resto de los chicos. Al cabo de unos segundos, dominado por un sinfín de retorcijones acuciantes, se pone de pie y corre hacia el baño. Mira de reojo para asegurarse de ser el único en el lugar, entra a uno de los cubículos individuales y cierra la puerta de inmediato. Un estruendo descomunal, y Manuel siente que en aquel estallido de placer se le va la vida. Afuera, las voces de los chicos que juegan en el patio se van apagando de a poco. Manuel supone que el recreo terminó e intenta ponerse de pie, pero su labor en aquel inodoro aún no ha llegado a su fin. De repente, sobre su cabeza comienzan a volar pequeñas bolitas de papel ensalivado. No alcanza a levantar la mirada, cuando empieza a sentir las risas de sus compañeros, trepados a la pared lindante con el cubículo vecino, observándolo desde arriba. De la vergüenza, se deja caer en el hueco del inodoro, ensuciando su uniforme.

El semáforo está en verde, las bocinas de los autos que están detrás, despiertan a Manuel, que pisa el acelerador de inmediato. La mímica se detuvo. Bruce sigue sonando, a todo volumen, pero ahora sólo es acompañado por un tímido movimiento de labios. Durante los diez minutos restantes hasta llegar a la productora, Manuel habla por teléfono con su mujer. Le cuenta lo ocurrido hace un rato, y ambos estallan en carcajadas. Ya no es aquel chico. Porque existe Clara, Manuel no es aquel chico.

Llega a la productora cinco minutos más tarde de lo previsto. Un margen de impuntualidad que pasa desapercibido para el resto, pero es insoportable para él. Martín, su productor, lo recibe en la puerta. Manuel estira su brazo y lo saluda dándole una palmada en la espalda. Martín devuelve el saludo con un beso en la mejilla izquierda. “Siempre pensé que eras un poco raro”, ironiza Manuel.

Contra sus percepciones, dos años después de esa visita, Martín se convierte en padre del primer hijo de Clara. Habiéndola acompañado durante todo el duelo y eventos varios, entablan una relación de confianza que se sostiene, en un principio, por las frecuentes reuniones en torno de las regalías que la viuda debe cobrar sobre la obra póstuma de Manuel. Con el correr de los meses, las visitas se van alejando del propósito inicial, y adquieren poco a poco un matiz afectivo. Al año, Martín abandona su morada de soltero y se muda al departamento de Clara. Revisando un cajón del armario que solía pertenecer a Manuel -y que había quedado intacto por orden expresa de su mujer-, Martín encuentra un sweater azul, que aún conserva la etiqueta puesta. Se lo prueba, y lo lleva puesto esa misma noche, mientras celebran el inicio de la convivencia. También lo lleva puesto en otras dos ocasiones: tres meses más tarde, al proponer matrimonio a Clara en el baño del departamento, luego de haber visto juntos las líneas positivas del test de embarazo; y nueve meses después, en el nacimiento del primogénito de ambos.

Manuel se limpia el beso de la mejilla. La reunión es breve, una excusa para un pequeño e íntimo brindis pre-estreno. Una hora más tarde, Springsteen vuelve a sonar a todo volumen en el Peugeot 307. Olvidando lo ocurrido en la ida, Manuel vuelve a su playback desgarrado al ritmo de I wish I were blind. En sus labios pueden leerse las estrofas del estribillo:

“We struggle here/ but all our love’s in vain/ Oh these eyes that once filled me with your beauty/ Now fill me with pain/ And the light that once entered here/ Is banished from me/ And this darkness is all baby that my heart sees (...)/ Oh I wish I were blind/ When I see you with your man...”.

Peleamos acá/ pero nuestro amor es en vano/ Estos ojos que una vez me llenaron de tu belleza/ ahora me llenan de dolor/ Y esa luz que una vez entró aquí/ ahora es prohibida para mí/ Y esta oscuridad, nena, es todo lo que mi corazón ve (…)/ Desearía ser ciego, cuando te veo con él…

domingo, mayo 25, 2008

Kir

Un kir, allá lejos y hace tiempo. Fusión espirituosa de vino blanco y licor de no se qué. Después de los primeros sorbos, basta ponerse de pie y haber comido poco, para pensar que el mundo es un lugar maravilloso. Un cuarto rebosante de amour fou y canto de cigarras. Mas luego, el kir nos abandona, como nos abandona el amor loco, y las cigarras nos dejan por hormigas. Así no más. Ya no las oiremos cantar, ya no volveremos a enloquecer, ya nunca beberemos kir again.

Nunca supe bien su nombre hasta hace un año, mientras pedaleaba eufórica en una bicileta fija del gimnasio. Nunca lo supe bien. Y me lo olvido fácil, por suerte. Como casi nada.

Posología: una copa. Efectos adversos: inflamación de las papilas gustativas y la córnea que pudiera derivar en ver y gustar de un tipo de fisonomías celestiales allí donde sólo hay lo mismo de siempre... problemas. Luego de la ingesta accidental, provocar el vómito con un balde de agua tibia y sal. Si la molestia persiste, cambiar el agua tibia por tequila, en las mismas proporciones.
Buenas noches.

jueves, mayo 08, 2008

Siesta

A pedido del Chuffle, acá va una reversión de El hombre muerto de Horacio Quiroga, realizada por quien suscribe. Buenas tardes.


SIESTA

Siempre creí que el final de mis días me encontraría lejos de este inútil machete. Quizás sobrevaloré mis dotes naturales y subestimé mi exquisito talento para la torpeza. Quizás. Al abandonar esa calle, me inundó la ilusión de volver a casa despidiéndome hoy, por vez definitiva, de la tediosa labor de manipular el machete. Pensé tal vez –tal vez nunca más acertado- que este mediodía sería el último, y limpié esa calle del bananal con esmero. Una siesta, dos calles más, y la libertad.

Sin embargo, bastó una mala pisada al cruzar el alambrado para que una caída accidental acabara del todo con mis planes. Podría culpar a ese poste maldito, más sé que la culpa fue del machete. Como adivinando mis intenciones, el muy traicionero se escapó de mis manos, de mis ojos, de mi dominio. Y pensar que llevábamos casi una vida juntos.

Al caer, cerré los ojos en un acto reflejo. Pude escuchar como la hoja del machete rasgaba el aire antes de que éste golpeara contra el suelo. Cuando volví a abrirlos, me encontraba ya tendido en la gramilla. Aquí estoy, ahora. De no ser por el machete atravesando mi vientre, me hallo en la pose exacta en la que hubiera querido estar. Una parte de mí advierte en la herida, la proximidad de la muerte. Mis horas están contadas.

De pronto, me parece ver la vida misma desfilando ante mis ojos. Incluso la que hubiera deseado vivir, lejos del machete que ahora decreta el final de mis fantasías. Por un momento, pienso que podría tratarse de una pesadilla. Después de todo, el mundo que me rodea aún no ha detenido su curso. El bananal esta allí, inmóvil, y aún puedo divisar el techo rojo de mi casa, a lo lejos. Malacara está cerca, oliendo el alambrado. La muerte parece algo improbable. ¿Muerto, yo? Si hasta puedo escuchar el silbido del muchacho que pasa hacia el puerto nuevo, todas las mañanas, a las once y media. En cualquier momento me levantaré y terminaré con mi tarea. Es un mediodía como cualquier otro.

Pese a que nada ha cambiado a mi alrededor, sé que estoy distinto. Hace dos minutos, tendido en la gramilla, he comenzado a morir. Mi vida deja de pertenecerme a cada segundo transcurrido. Ni el bananal, ni mi familia, me pertenecen ahora. Es probable que jamás vuelva a verlos. Pero, no.


No es posible que haya resbalado así, no es posible que mi eterno y fiel compañero haya escapado de mis manos para acabar finalmente con mi existencia. Sólo es una siesta, un descanso. En un rato, me levantaré y continuaré el trabajo. Sólo estoy un poco cansado. Malacara me espera junto al alambrado. Sabe que pronto reanudaremos la tarea. Como todos los días.

Sólo estoy un poco cansado, Malacara. He de reposar unos minutos aunque, quizás, hayan pasado ya varios. Varios. Sí, a las doce menos cuarto bajarán a buscarme para almorzar. Pronto vendrán mi mujer y los niños a buscarme. El más pequeño intentará soltarse de la mano de su madre y correrá hacia mis brazos. Puedo ya escuchar su voz. “¡Piapiá! Piapiá!”. Sí, efectivamente puedo escucharlo. Ya está, he reposado lo suficiente. Mas, ahora, no sólo escucho la voz de mi pequeño, sino que he adquirido una vista panorámica del paisaje. Puedo ver el potrero, el tajamar, la arena roja del bananal, el alambrado y los postes que debo cambiar. Puedo verme allí, tendido junto al poste, reposando. Acompañado, como otros tantos mediodías, por un machete de monte. Sólo estoy descansando.


domingo, mayo 04, 2008

Cuadrilátero

Veamos. ¿Cuántas son las probabilidades, para un ser humano cualquiera -exceptuando a los profesionales del box y deportes afines, en todas sus categorías-, de verse arrinconado en una esquina? ¿Cuántas, cuántas son, tratándose en particular, de una esquina abierta? Una esquina de puntos de fuga que se prolongan in eternum, una esquina que despliega una multiplicidad de vías favorables a la estampida.
Datos estadísticos resaltarían que la probabilidad de tal acontecer, se vería exacerbada, especialmente, en aquellas latitudes donde la brecha entre pobres y ricos haya elevado las tasas de marginación social a cifras propensas al estallido de prácticas violentas. Mas no es ese el tipo de arrinconamiento al que intento referirme.
El humilde -no por ello, menospreciable- alcance de mis reflexiones, me acerca más a la idea del arrinconamiento asociado a un encuentro fortuito e impensado. Encuentro de quienes no se buscan (o, al menos, en el plano de la conciencia discursiva, no pueden dar cuenta de la búsqueda). Encuentro que se produce al azar, casi por designio astrológico, en una esquina del barrio porteño de Recoleta, en un día y horario en los que no se cruzarían ni las calles. Día y horario en el que jugando- feliz y contenta- con la tijera rosa, detuve a tiempo mi marcha hacia atrás y evité, milagrosamente, el filo de una más peligrosa. Volteé, ignorando el peligro que me circundaba, y lo vi. El tiempo se detuvo unos segundos para que lo observara, incrédula, de pies a cabeza. Efectivamente, la campana, el último round. Arrinconada. Sí. Otra vez, como hace poco. Otra vez. La tijera rosa en mano no fue suficiente para sortear la duda ni la poca velocidad de reacción. Ni eso, ni la lengua larga. Malintencionadamente, larga; reprochablemente, larga. Un largo, aparentemente, a prueba de tijeras.
Nuevamente, razones todavía sujetas a sendos análisis por venir, la probabilidad no fue pájaro en mano. Quizás los cien volando me sientan bien. Después de todo, encuentro de quienes no se buscan, no es encuentro al fin. Buenas trasnoches.

sábado, abril 19, 2008

Smoked

Del humo no se espera más que humo. Que se filtre en las fosas, congestionando las vías respiratorias, las mucosas. Que irrite los ojos, los ánimos, congestionando el transporte público. Que interrumpa el flujo migratorio, cortando rutas, puentes, autopistas. Que ensucie más rápido que de costumbre los cabellos, volviendo hasta a la primer consumidora de pieles Breeder's en una fervorosa activista del medioambiente.
Lo que no se espera, es que llegue; y, después de cuatro días, no se vaya. Como un amor tóxico, asfixiante. Un soplo de monóxido de carbono, directo al corazón. Buenas noches.

miércoles, abril 16, 2008

Inútil presentarse sin referencias

Honestamente, no me reconforta demasiado imaginarme cómo sería el último día de mi vida. Mucho menos, trangredir fronteras que, en última instancia, acelerarían mi pase al otro lado.
Según Alex Aloi (Más no doy), lo expuesto en la entrada anterior es básicamente una pedorrada, y ya debiera yo, a los veintitantos, "animarme a utilizar mi imaginación transgresora". Transgedime ésta, Alex. Buenas noches.

martes, abril 08, 2008

Último día

Materia, inútil. Consigna, pedorra. Resultado, simpático. Ahí va, a pedido de las más bellas sociólogas que se han visto entre pasillos de Marcelo T. Cítome:

"Si fuese hoy el último día de mi vida, probablemente trataría de cumplir –extendiendo, quizás, su duración en el tiempo- con la mayoría de mis rutinas cotidianas. Rutinas que son ritos y, como tales, ayudarían en este caso a evitar el colapso nervioso que implica saber que se trata del último día de vida. Entonces, me levantaría a una hora razonable, después de unas ocho o nueve horas de sueño, y dedicaría no menos de dos horas al ritual del desayuno en familia, seguido de la frívola lectura de alguna revista de modas (veamos, se está por acabar mi mundo, no tiene sentido alguno desperdiciar las últimas horas de vida leyendo sobre actualidad político-económica si no habrá oportunidad de cambiar el ritmo de las cosas). Después del desayuno, tomaría un baño de hora y media de duración. Una vez que mis poros estuviesen lo suficientemente dilatados, saldría de la ducha y me pondría a examinar cada uno de ellos frente a un espejo. Creo yo, y tal vez se deba al hecho de ser hija de una dermatóloga, que no hay mayor entretenimiento hogareño posible que el de eliminar los puntos negros. Finalizada esta tarea, dedicaría un buen rato al disfrute de la música favorita mientras me lanzo a la difícil labor de elegir qué ponerme. Seguramente, bailaría frente a un espejo probando la efectividad de cada atuendo seleccionado, previendo el caso de que las glorias del último día de mi vida me llevasen sorpresivamente a improvisar una pista de baile a mitad de la tarde. Concluida la selección, invitaría a tres o cuatro amigo/as del alma a que me acompañasen a aquellos lugares de la ciudad que siempre quise visitar y por algún incomprensible motivo, postergué una y otra vez durante mis veintidós años de porteña nativa. No iría con todos a todas partes sino, más bien, trataría de repartir la jornada en cuatro salidas de tres horas de duración cada una, concurriendo, como mucho, con dos personas a cada lugar. Eso me permitiría aprovechar al máximo la compañía, sacándole también todo el jugo posible al contexto. Evitaría cualquier tipo de mención al hecho de tratarse de la última vez que pasaremos juntos, ya que eso sólo derivaría en llantos inútiles y desesperanzados... un desperdicio de tiempo. Guardaría tal vez, la última salida, las últimas horas del día, para aquella historia de amor que recién comienza. Sabe Dios que tanto la había esperado en los últimos años, que probablemente sería lo más duro de abandonar así, de esa forma, justo al principio y tan de repente. Trataría entonces de dejar la mejor locación para el final, y haría -nuevamente- todo lo posible por evitar las lágrimas y los comentarios con sabor a última vez.
No estoy segura de si preferiría cerrar finalmente los ojos en mi cama o en los brazos de alguien. Sin embargo, es probable que a esa altura ya me esté muriendo de miedo, así que no vendría mal estar en los brazos sobreprotectores de mis padres, mientras -pausada y detalladamemente- me cuentan, una vez más, cómo fue que ocurrió todo el día en que nací".

Buenos días.

sábado, abril 05, 2008

Pink, it's my new obsession

La vida abunda en clichés. No importan los años de vanos esfuerzos en pos de evitarlos. No importa lo mucho que renegara del rosa en preescolar, cuando nos acercaban una caja repleta de tijeras de colores, y las desneuronadas de mis compañeritas se abalanzaban sobre las rosas -o, en su defecto, fucsias- mientras yo sólo dirigía mi búsqueda hacia alguna que cortase derecho, y no en zig-zag. Sé que en el fondo no se trataba de ir consciente y reflexivamente contra la corriente sino, más bien, debíase mi actitud al estar plenamente convencida de que la tijera rosa -porque era rosa- nunca llegaría a mis manos.
Se hace más que difícil batallar contra la idea de sí que una ha construido a lo largo de dos décadas de vagar errante por este mundo. Y de repente, cuando se cree que el déficit comercial de la propia historia de vida nos destinará a ser un rotundo fracaso de taquilla... la tijera rosa cae en nuestras manos. Misteriosamente, ya ni nos importa si es zig-zag, o si de verdad servirá para cortar.
Cae. Siempre cae. Y una se muere de miedo. Porque se se ha muerto antes, y sabe, también habrá de morir después. Buenas trasnoches.

miércoles, marzo 12, 2008

Apto profesional

Supongamos que una se pasa la vida viendo cine negro y su modelo a seguir es, por ejemplo, Barbara Stanwyck en Pacto de Sangre (Double Indemnity). La femme fatale es una mina laburadora. Cada caída de párpados, cada pitada, cada llamada está milimétricamente estudiada. Por más improvisado que parezca a simple vista, la mujer fatal ha planeado cada uno de sus movimientos desde el momento en que una frustradísima madre ama de casa, cansada de lavar pañales a mano y tener la comida lista, la convenció de que la vida arrancaba por ese lado, cuando apenas contaba con unos cuatro o cinco años de edad.

Y si la vida se trata de esterotipos -manipulados por el azar genético y la geografía- todas las mujeres llevamos en algún rincón del alma una mujer araña fría y calculadora llegado el momento de hacer caer a los hombres en las telas. Pero ya, la vida suele ser corta (al menos la sexualmente activa) y una, entre tanta labor cotidiana, se cansa de seguir sumando tareas para el hogar. Debo admitir, que peco de ser vaga y que las pocas veces que me he lanzado a hacer el trabajo fino y meticuloso, termine enredada o, el ser en cuestión, ya se encontraba enredado en otras telas. Mi experiencia laboral no ha sido grata, en fin, y tampoco he aportado mucho como para jubilarme dignamente. No se trata entonces de pugnar por el retiro voluntario, sino de tomarse una licencia con goce. Y esta vez, que el laburo, sea el de los otros.

Miniambiente con luz natural, buena ubicación, excelente contrafrente, pileta llena y sin cadáveres flotando a la vista: apto profesional. Buenas noches.

jueves, marzo 06, 2008

Feliz Desmemoriada

La suerte, lisa y llana, amiga y hermana, no es lo mío. A falta de ella, he desarrollado una memoria prodigiosa, memoria de las que permiten acumular grandes volúmenes de información en el menor espacio posible (aunque me jacte de ser cabezona), no sólo sobre la vida propia, sino también sobre la vida del resto de los seres que habitan este mundo siempre gustoso del olvido. Sentido común, cultura general, percepción, lo que fuere... no soy más que una chusma de peluquería disfrazada de erudita del saber común, de bibliotecaria de Alejandría.
En asuntos de la vida, la victoria es de los que tienen suerte. En las trivias de preguntas y respuestas made-in-El-Mundo-del-Juguete, en los crucigramas, en los multiple choice, la victoria es de aquellos que tienen memoria.
Experiencias recientes dicen que basta el recuerdo de un mal paso para cambiar la fortuna del suertudo, y alcanza con un mínimo golpe de suerte para que la mente del memorioso se quede en blanco. Por un rato. Buenas tardes.

miércoles, febrero 13, 2008

Parajes soñados

"... escapar a la inexorabilidad del tiempo. La muerte no es más que la victoria del tiempo. Y fijar artificialmente las apariencias carnales de un ser supone sacarlo de la corriente del tiempo y arrimarlo a la orilla de la vida". André Bazin.

Fijar artificialmente las apariencias en palabras. Darles la forma justa, exacta. La forma que nos permita tejer un relato acorde a los parajes soñados. A veces, fijar artificialmente algunas historias, correrlas del fluir natural de las cosas, sólo arrima intentos fallidos a la orilla. Y creemos ver cuerpos que laten, donde no hay más que recortes parciales de una realidad inaprehensible para nuestra finitísima existencia: nuestros corazones crédulos, inexorablemente incapaces de atravesar la rompiente. Buenos días.